¿Me permite la silla?

¿Me permite la silla?

me permite la silla

Hay un punto en que el mundo entero te sabe a mierda. Tu carrera es una mierda, tu familia es una mierda, tu novio parlanchín es una mierda, tu gato gordo es una mierda, la sociedad se va cada vez más a la mierda. Todo es una mierda, menos tú.

Te subes al bus, pagas un pasaje de valor descarado porque el precio de la gasolina está por los cielos, porque el ministerio, la secretaría o no sabes quién mierdas dice que hay que repara el hueco de la 13, pero ese cochino hueco sigue ahí, volviéndose más hueco, como tu bolsillo.

Cuando cruzas el torniquete ves que no hay sillas, espera, no, sillas sí hay, lo que no hay es sillas vacías, sigue siendo un bus, un bus con sillas, un bus sin sillas vacías, ergo, es un bus de mierda.

Te ubicas en la mitad del bus, en la exacta y precisa mitad del bus, de tal manera que si se estrella, joda a los de adelante o joda a los de atrás, que tú apenas recibas un golpe en la pierna y un morado fotogénico en el rostro, para que cuando la bestia de periodista llegue al lugar de los hechos y te pregunte con toda la audacia “¿qué pasó aquí?”, tengas tus 15 minutos de fama y digas a la cámara “¡Hay que ver lo mal anda este mundo!”

Repasas mentalmente tus heroicas palabras cuando el puesto, justo al frente tuyo, se desocupa. Mientras la chica se levanta sientes que cantan los ángeles, que la promesa de nuestro señor Jesucristo es cierta, que aún hay una esperanza sobre la tierra ¡Qué viva la paz mundial!, ¡Qué viva el amor y la amistad!, ¡Qué vivan los perritos de las fotos que te mandan tus amigos por Facebook!, ¡Qué viva la revolución!, ¡Qué viva todo, carajo! Comienzas a sentarte, dejas un espacio lo suficientemente grande para que escape el asqueroso calor de la chica que se levantó, pero también lo suficientemente pequeño como para que la cuarentona de al lado no mande su cartera y te prive de semejante gloria.

Te sientas y ves al mundo entero desde tu trono de cuero viejo y raído, ni Napoleón se habría sentido más poderoso. Miras con descaro a los que van aún de pie y sientes ganas de levantarte y dar la buena nueva o… mejor no, ponte los audífonos y entra en el Nirvana así vayas por la cuadra de las putas.

Pero, ¡un momento!, alguien te está sacando de tu idilio:

 

– “Disculpe, niña. ¿Me permite la silla?”

 

Abres los ojos y entonces lo ves, ponle la cara que quieras: la mujer embarazada, la señora que alega ser de la tercera edad así se tinture sagradamente cada 15 días, la mujer de oficina de 1,40 con tacones de 20, el niño mareado, tu papá.

Insúltalos a todos. ¿Quién la manda a tirar con alguien sin carro?, ¡vaya a tejer patines!, ¡enmócece con el jefe y no me joda!, ¡acostúmbrese, mijo!, ¡tú no eres mi padre!

Hazte la dormida, igual la juventud ya es jodida y está jodida en todo lado. Eres pobre y vives lejos, como todos en el bus. El puesto es tuyo, aférrate, hay trancón en la 13.

 

Escrito por Ana Puentes

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