Mi odio profundo por…

Mi odio profundo por…

Sí, yo sé que eso de odiar es bastante feo; uno no gana nada, no soluciona nada, pero el odio al igual que el amor es una emoción y como tal hay que dejarlo fluir; el problema está en que a todo el mundo le gusta oír que lo aman, pero vaya y mire el bollo tan tremendo que se le forma donde se pare frente a alguien a decirle que lo odia.

 El asunto con la gente que no saluda es que realmente no la entiendo. No entiendo por qué una persona que trabaja en su misma empresa (usted sabe su nombre, ella sabe su nombre), se la encuentra en un pasillo y no es capaz de levantar una cagada ceja; saludar es tan sencillo como eso, o como emitir una única, simple y cortísima palabra como: “buenass…”

 Esta gente es experta en evasión de contacto y usan técnicas pendejas como sacar el celular y fingir que buscan un número o clavarse a escribir en el teclado del PC para no saludar. Cuando llego a una dependencia en mi empresa y me encuentro con uno de estos maleducados asociales, me dan ganas de cogerle la cara, apretarlo fuerte de las mejillas, preferiblemente que le duela, mirarlo a los ojos, sonreír ampliamente y decirle: ¡Buenas tardes querido compañero!

 Con los burros al volante no soy tan diplomático, eso es definitivo; cada vez que alguien me atraviesa el carro sin poner direccionales, siento como que me halan un pelo de la nariz; de hecho el tráfico despierta furias profundas y muy soeces en mí. Si usted es de los que atarbanea por la calles de la ciudad tenga presente que cuando me lo encuentre le voy a dejar muy claro que su mamita “al parecer” tiene un oficio poco digno y que usted, “probablemente”, es una enfermedad venérea que ella contrajo y luego parió. Me encantaría ser agente de tránsito; Se me hace agua la boca de sólo pensar en joder a tanto bruto que hay con pase de conducción ¡Qué delicia!

 Por otro lado, me he dado cuenta que mi relación con el servicio al cliente es una relación basada en el odio, pero con unos tintes de amor. Resulta que me encanta pelear con ellos. Hay días que llego a mi casa después de acumular ira en la calle y tengo el infortunio de encontrarme con la señal del internet caída, el teléfono muerto, el agua con baja presión o algo por estilo…

 Ahí es cuando mi nivel de odio llega a su tope; felizmente me comunico con una, cualquiera, incompetente línea de servicio al cliente y dejo fluir (porque recuerden que eso es lo importante) toda esa cólera que se ha represado como un magma letal en mis entrañas.

 Odio las líneas de servicio al cliente, en especial la de los servicios públicos, pero amo que a pesar del tono maldito con el que le hablo a los asesores, ellos siempre me tienen que responder: Claro que sí señor Felipe… (¡Qué placer!)Con los odios las cosas pueden terminar regular, mal o muy mal: carta de despido, crucetazo de taxista o hasta en el deshonroso honor de un reclamito al 018000 colgado en Youtube… Cada uno mira hasta donde mete la mano, y asume su bollito si se le va.

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