Natalia París, un capítulo duro

Natalia París, un capítulo duro

Foto: Breatice Aguirre - ETAKANO

El catorce de agosto de 2001 Natalia París abrió el Festival Colombiamoda en Bogotá. Salió vestida de ángel y “escaneó” con disimulo cada silla del auditorio. Buscaba a su marido, Julio Correa,desaparecido un mes atrás, porque le habían dicho que él estaría allí, disfrazado de cualquier cosa para evadir a los organismos de inteligencia. Pero no llegó por la sencilla razón de que ese mismo día sus amigos, narcoparamilitares que operaban en Córdoba y el norte de Antioquia, lo estaban volviendo picadillo para cobrarle unas cuentas y evitar que siguiera entregándole información a la policía estadounidense.

Julio conoció a Natalia en un gimnasio de Medellín en 1994. La modelo tenía 20 años, ya era la top model más top del país y sus nalgas doradas encandilaban las retinas de los transeúntes desde las vallas de las carreteras, las culatas de los edificios, las portadas de las revistas, las etiquetas de los jabones y los cuadernos de los estudiantes de todo el país. Julio había sido uno de los hombres de confianza de Pablo Escobar en los tiempos de La Catedral. Luego se dedicó a “exportar” por su cuenta y se agenció una bonita fortuna. Con ella, su pinta de niño bien y un gusto delicado para los regalos, logró meterse en la cama de la mujer con la que sueñan millones de colombianos.

Un día le propuso que dejara el modelaje. Natalia ya se había enterado de que él era un bandido pero estaba tan enamorada que no le importó. Se casaron y se fueron a vivir a la Florida en una casa frente al mar. Allá Natalia llevó una vida común y corriente, iba al supermercado sin maquillaje, se bañaba desnuda en el mar, veía televisión, cocinaba y era feliz. El catorce de diciembre de 2000 nació Mariana Correa París, y la pareja tocó el cielo.
Ocho meses después Julio fue asesinado. La noticia sólo fue confirmada mucho más tarde. Fueron largos meses de miedos e incertidumbre, de visitar la Fiscalía y ojear álbumes con miles de fotos de muertos no identificados. Natalia no volvió a bañarse en el mar, que de pronto le parecía amenazante, no tenía trabajo, nadie la volvió a contratar, los periodistas la acosaban y el gobierno norteamericano le quitó la visa y congeló las cuentas bancarias de su marido. Para rematar, su firma de cosméticos quedó bloqueada al ser incluida en la Lista Clinton. El futuro de Mariana la desvelaba. Tenía pesadillas en las noches y lloraba todos los días.

Su madre, una abogada, le aconsejó que no se le escondiera más a los medios y Natalia le dio una entrevista a Semana. El resultado fue el reportaje más amarillista del periodismo colombiano, una pieza perfecta para ilustrar cómo se puede pisotear la dignidad de una persona y pasarse por la faja las más elementales normas éticas del oficio. Entre otras lindezas, le preguntaron si ella pertenecía al grupo de “las modelos prepago”, y si era verdad que prestaba el servicio de “visitas conyugales” en los pabellones de alta seguridad de varias cárceles del país.

En lugar de mandar al reportero para la mierda, Natalia lo negó todo con ese lenguaje infantil al que le han sacado tanto partido los payasos de la radio y la gente que sólo reconoce un tipo de inteligencia, la intelectual. Ella es modelo y nunca ha pretendido ser otra cosa, ni actriz, ni presentadora, ni nada.

El tiempo curó la tristeza de la bella paisita y, sacando a relucir el temple, ella recuperó su sitial en el mundo del modelaje, donde ha logrado mantenerse por más de diez años, una vigencia sólo comparable a la alcanzada por profesionales de la talla de Sofía Vergara y Adriana Arboleda.

Ahora Natalia París reparte los días entre el modelaje, su firma de cosméticos, Mariana y “El Gato”, su novio. Tiene en el cuarto tres afiches grandes de Marilyn Monroe, su ídolo, y se consuela pensando que tienen varias cosas en común: también ella era bajita, se convirtió en un perdurable símbolo sexual, la rondó un sino trágico y muchos la creyeron tonta. Ojalá tu final sea mejor que el de la norteamericana, pequeña.

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