Ni se les ocurra estrangular a Ricardo Arjona

Ni se les ocurra estrangular a Ricardo Arjona

Cuando descubrí a Ricardo Arjona en la televisión, lo que más me impresionó no fue la tontería de sus versos sino el engreimiento con el que los cantaba: “Hay pingüinos en la cama / por el hielo que provocas / si hace un mes que no me tocas”.

“Patético”, pensé, y en seguida supuse que un adefesio de ese calibre desaparecería pronto de la escena, borrado por la industria discográfica u olvidado por el público. Además, me dije, si acaso se le diera por seguir cantando sería imposible que compusiera una majadería peor que esa de los pingüinos en la cama, porque la estupidez tiene un límite y él, seguramente, acababa de alcanzarlo. En cuanto a los dos primeros pronósticos, me equivoqué de cabo a rabo: el tipo, aparte de ser mimado por su compañía disquera, ha recibido los favores de miles de personas —especialmente mujeres— que lo consideran un híbrido de trovador con profeta. Mi tercer vaticinio tampoco fue afortunado: año tras año Arjona se ha encargado de demostrar hasta la saciedad que es una cantera inagotable de disparates. Un día canta: “será porque no me gusta la tapicería/ que creo que tu desnudez/ es tu mejor lencería”. Y al día siguiente, cuando todos sus detractores nos imaginamos que le resultará imposible sacarse de la manga una sandez tan colosal como ésa, él vuelve a la carga con la propuesta más embrollada y ridícula que un amante le pueda plantear a su musa: “mejor dime que no/ y dame ese sí como un cuentagotas/ dime que no pensando en un sí/ y déjame lo otro a mí”. ¿Alguien se atrevería a pensar, a estas alturas, que la inspiración enrevesada de Arjona ya agotó su capacidad de producir necedades? De acuerdo: todavía falta contar los votos de otros municipios, como se dice en la jerga electoral. Y, sin embargo, el tipo nos sorprende de nuevo con la que podría considerarse su apuesta más arriesgada, una canción dedicada a la menstruación: “de vez en mes te haces artista/ dejando un cuadro impresionista/ debajo del edredón/ de vez en mes con tu acuarela/ pintas jirones de ciruela/ que van a dar hasta el colchón”.

 Tengo amigos radicales que quisieran estrangular a Ricardo Arjona para liberarse, por fin, de su cháchara recurrente. No soportan su incontinencia verbal y menos el hecho de que, para cantar toda esa basura, adopte la actitud presuntuosa de un pavo real, como si creyera que él, y solo él, es el redentor que nos hará el favor de salvarnos con sus tonadas. A ellos, como a mí, lo que más les impactó cuando lo vieron por primera vez fueron, precisamente, sus ínfulas de Elegido. Recuerdo que uno de ellos, al descubrir a Arjona cantando en la televisión, expresó su desconcierto con una frase que era, al mismo tiempo, inocente y lapidaria: “¡Ándala, pero si el tipo es hasta serio!”

 Yo les concedo razón a mis amigos cuando dicen que Ricardo Arjona acapara la estupidez que, en aras de la justicia, tendría que estar equitativamente distribuida entre unos cuarenta bobos grandes. Si se reunieran durante un mes la animadora peruana Laura Bossio con el presentador colombiano Jotamario Valencia y con el fantoche puertorriqueño Wálter Mercado, no generarían ni el diez por ciento de las burradas que Arjona ha atesorado con disciplina a lo largo de su interminable carrera musical. De acuerdo, mis amigos, de acuerdo. Lo que pasa es que yo, a diferencia de ustedes, no veo en esa calamidad estética un motivo para degollarlo sino para indultarlo. Tanta estupidez junta, a la larga, termina siendo un hito importante, un espectáculo único, una fiesta que debemos disfrutar plenamente, con la conciencia de que no durará toda la vida, y somos nosotros —y sólo nosotros— sus testigos de excepción. Ni se les ocurra, radicales amigos míos, ahorcar a Arjona: mientras él siga rebuznando sus coplas cantinflescas, más valor tendrán los poetas verdaderos como Serrat y como Sabina. Mientras él respire, el circo tendrá payaso y, por tanto, sentido.

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