Niños y corridas de toros

Son múltiples los pretextos que se invocan para justificar las corridas de toros. No pretendemos aquí denigrar ninguno, pero sí señalar su eventual anacronismo. ¿Es concebible, en una sociedad que busca desterrar la violencia, el que se torture y mate a un animal como festejo público? No aceptamos ni creemos que el mundo que buscamos construir deba tolerar la justificación simbólica, el valor ritual de lastimar y matar festivamente a un animal.

Todo ritual es manifestación de la compleja realidad simbólica de los humanos. No nos resignamos al mundo: lo interpretamos y lo transformamos. Hacemos posibles muchos mundos tras uno aparente: lo que es la felicidad para alguien es el horror para otro. La historia humana es en gran parte la historia de cómo se confrontan, se encuentran, crean y desaparecen distintas interpretaciones simbólicas. Por lo simbólico se aniquila y se repudia, pero también se concilia y se ama.

En nuestro mundo contemporáneo y múltiple, mezcla de innumerables razas y culturas, el desafío es ponderar los diferentes universos simbólicos, nuestras diferentes interpretaciones del mundo. Debemos elaborar criterios que legitimen y legalicen la eventual elección social de un conjunto de interpretaciones sobre otras. Eso es lo que justifica una Constitución Política, la legislación y las demás normatividades jurídicas. Su elaboración compromete ideales, trasciende lo plural concreto para hacer posibles otros plurales más bondadosos, justos y profundos.

Así, comienza a emerger un mundo en el cual reconocemos el valor fundamental de las libertades individuales y colectivas, y de las responsabilidades que conllevan. Comenzamos sólo hasta hace poco a comprometer globalmente a toda la humanidad en el soñar y construir un planeta donde no existan, o sean apenas marginales y aberrantes, la esclavitud, la discriminación, el hambre, la humillación. Soñamos y luchamos por un ser humano digno, tolerante, pacífico, creativo y responsable por su entorno social y natural.

Por esto, no creemos que los niños deban acceder a espacios de ritualización de la violencia. Más que porque eventualmente afecte su desarrollo psicológico o moral, nos oponemos porque su asistencia a las plazas de toros contraviene la necesidad de no justificar ninguna forma de violencia, menos aún con el pretexto del goce o el esparcimiento, así sea estético o espiritual. Además, ¿tiene al niño pleno conocimiento de lo que sucede en la plaza y autonomía para decidir si asiste a ella?

No toda representación simbólica debe tener el mismo valor social y legal. La libertad religiosa no legitima la imposición de credos, la libertad de prensa no legitima la calumnia. Quienes en la práctica de comprender y respetar el dolor ajeno hemos aprendido a no ser indiferentes ante el sufrimiento de ningún animal o humano, no podemos aceptar que bajo ningún pretexto se ritualice el asesinato. Entender sí, aceptar no. Por eso nos oponemos a que los niños entren a las plazas de toros. Porque creemos en un mundo posible donde por encima del placer estético y la satisfacción simbólica este el respeto por la vida.

Texto escrito por:
Terry Hurtado
Juan Carlos Sandino

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