No estamos listos para la paz

No estamos listos para la paz

no estamos listos para la paz

Hace casi tres meses el mundo fue testigo de una de las fotografías que demostraban con contundencia que la firma de la paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC, era ya casi una realidad. La foto, en la que aparece el Presidente Juan Manuel Santos dándole la mano a Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, el máximo líder de este grupo insurgente, se convirtió en un símbolo que volvió a llenar de esperanza a aquellos que soñaban con un país libre del conflicto armado, que como es de conocimiento general, ha cegado la vida de un sinnúmero de compatriotas a lo largo de sus cincuenta años de duración.

Todos queremos que haya paz de una manera u otra, bien sea a través del diálogo o con una victoria militar. Soñamos con poder despertarnos una mañana y saber que en las noticias no encontraremos reportes sobre masacres, secuestros o atentados contra la infraestructura. Sin embargo, nosotros, desde nuestra propia individualidad, no estamos contribuyendo en nada para que ese sueño se convierta en verdad.

Hemos crecido bajo los parámetros de un comportamiento social en donde se ha establecido que el que vence es el más hábil y el que “no se deja de nadie”. Nos enseñaron desde pequeños a defender lo nuestro, a sumarnos a la teoría de la “cultura del más malo”. No sabemos convivir, y la tolerancia no parece ser uno de nuestros fuertes.

Todos los días vemos en las noticias que Colombia es un país de riñas, donde no se puede solucionar los problemas con el diálogo. Creemos que arreglar las cosas de manera decente y amable nos convierte en seres vulnerables o que al darle la razón al otro estamos cayendo en una figura de inferioridad que es perjudicial a nuestro honor. En las calles la gente no tiene paciencia y el bien particular está por encima del bien común a toda costa. No cuidamos lo público, nos gusta asaltar la buena fe de algunas personas y creemos que esa tarea monumental que se viene con el post-conflicto es un asunto que sólo le compete al Gobierno.

Pues no, la paz no se irradiará por el país cuando se firme en un papel en La Habana; ella se dará cuando entendamos por fin que todos la construimos desde nuestra propia vida. ¿Y cómo lo hacemos? Sencillo: tratando de vivir nuestras vidas entendiendo que nuestra libertad termina cuando empieza la libertad de nuestros semejantes. Esto quiere decir que si bien nosotros podamos hacer lo que queramos con nuestra existencia no nos da  el derecho a vulnerar la paz, la honra y el bienestar de los demás.

Además hay que sumarle el hecho de que el perdón es la base fundamental de esta reconciliación, que si bien no es fácil, es obligatorio para que empecemos nuevamente desde cero. Podemos debatir, sí, podemos refutar las ideas de los demás, claro, pero debemos respetar la diversidad de pensamiento que hay en nuestro alrededor.

La paz no es imposible, la podemos alcanzar si la queremos. Sólo hay que mentalizarnos a que debemos aprender a reconocer que el otro es tan importante como nosotros mismos, que sus aportes pueden ser la base para construir ese país justo, próspero y equitativo que tanto necesitamos y que tanto merecemos.

Le dejamos esta pregunta: ¿Cuál es su aporte para la paz?

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