No quiero ser joven escritor

No quiero ser joven escritor

Foto: Cristhian Carvajal

Menos mal que ser joven es una enfermedad que se cura con el tiempo. A mí me parece una soberana estupidez que se erija la juventud como una de las virtudes literarias más destacables. En principio, se está haciendo énfasis en una cualidad perecedera, pues la honestidad, la constancia, la inteligencia y el talento pueden durar toda la vida, pero la juventud no. A mí me pasa con aquello de “joven”, adjetivo que suelen endilgarme desde 2001, año en que publiqué mi primera novela y me convertí no en escritor sino en joven escritor. Por lo visto, y según la última selección que hizo el Hay Festival y Bogotá Capital Mundial del Libro, seguiré siendo un joven escritor hasta que cumpla cuarenta años, lo cual será un alivio, porque la gente se preocupará más por saber si soy un novelista bueno que si soy joven. “El joven escritor” se ha vuelto una frase manida, gastada, que connota frescura, irreverencia, liviandad, y un montón de cualidades que más valdrían para los desfiles de modas, donde todos los diseños son “atrevidos, modernos, para los tiempos de hoy”, etcétera. Como si la literatura (me refiero a la verdadera literatura) fuera hecha para el momento y no para perdurar, dar un testimonio de humanidad que resista el paso del tiempo.

Por supuesto que ser incluido en una lista de escritores representativos, cualquiera que sea, me honra y me siento agradecido por ello. Pero no debemos olvidar que la juventud no añade nada, no debe ser un criterio para definir quién vale la pena y quién no, pues hay escritores de setenta años que se mantienen en plena forma, como Philiph Roth o Vargas Llosa, y escritores de ‘veintipico’ que escriben a la manera de Jorge Isaacs, y me perdonarán que no dé nombres. Si bien está el caso de Rimbaud, que hizo la totalidad de su obra poética cuando era un adolescente, o Françoise Sagan, que escribió Buenos días, tristeza, su obra más reconocida, a los 19 años, también está Frank McCourt, que a los 66 años hizo su debut literario con Las cenizas de Ángela. En la literatura, a diferencia del fútbol o el cine porno, no hay edad de retiro.

A principio de los noventa una fiebre de literatura joven asoló a España. José Ángel Mañas, con escasos 20 años, había sido finalista del Premio Nadal, uno de los más importantes en lengua española, con una estupenda novela llena de sexo, drogas y ‘roncanrol’ llamada Las historias del Kronen. De inmediato las editoriales se volcaron a publicar mechudos de bota texana y pelo largo, entre ellos Benjamín Prado (Raro y Nunca le des la mano a un pistolero zurdo) y Ray Loriga (Lo peor de todo, La pistola de mi hermano y Héroes, aunque se le recuerda más porque era el novio de Cristina Rosenvinge, la de Cristina y los Subterráneos), acompañados por una corte menos altisonante pero montada en el tren de la juventud. El afán de cazar talentos jovencitos bordeó la histeria y terminó en la publicación de Muertos o algo mejor, pseudonovela de una niña de 14 años llamada Violeta Hernando. ¿Qué queda hoy de todo eso? Un puñado de escritores que trata de rehacer su carrera a la manera de todos los actores niños, desde Gary Coleman hasta Macaulay Culkin, unos con mayor fortuna que otros. Sobra decir que Mañas nunca ha escrito algo mejor.

A mí me gustaría que dejaran de presentarme como un joven escritor, habida cuenta de que ya tengo once canas, una hija y un matrimonio, ya me quité los piercings y los aretes, algunos jeans ya no me cierran y, sobre todo, me parece que la aclaración sobre la edad sobra, suena a disculpa para que le perdonen a uno las metidas de pata. La prueba de lo inútil del calificativo “joven” es que no hay antologías de jóvenes escritores renacentistas ni del siglo XIX.

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