Normalmente discapacitados

Normalmente discapacitados

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A mediados de la semana pasada, mientras me tomaba un café, llegó una mujer rubia, completamente vestida de negro y se sentó en la mesa del lado derecho.  Estaba bonita.  La miré por un rato y luego continué con mi lectura.  Al rato la mujer sacó su celular, marcó un número y después de saludar a la persona al otro lado de la línea, le dio indicaciones de cómo llegar al lugar.

Pasados un par de minutos, llegaron las personas que ella estaba esperando, un hombre con una chaqueta azul que llevaba puestas unas gafas de sol, a pesar de que eran más de las 6 de la tarde.  Inmediatamente me pregunté: “¿Para qué carajos tiene puestas unas gafas negras a esta hora?”.  Después me fijé en la mujer con la que llegó. Ella lo tenía agarrado del brazo.  Caí en cuenta que era ciego.  Ahí solo, sentado, me sentí como un estúpido al haberlo juzgado.

La mujer rubia los saludó, la mesera les tomó la orden y la primera sacó un cuaderno y comenzó a hacerle preguntas al hombre, que no solo era ciego sino también sordo.

Quedé fascinado en cómo la interprete agarró una mano del hombre, la sostuvo con  la palma de su mano derecha, mientras que con la izquierda, por medio de un sistema que se conoce como “dactilológico”, le iba deletreando las preguntas de la entrevistadora, pues queda claro que para los sordo-ciegos el tacto es la única forma en la que pueden comunicarse con el mundo. Aquellos que gozamos de todos los sentidos, nunca llegaremos a imaginar cómo debe sentirse esa condición.

En ese momento me dieron ganas de hacerle muchas preguntas: ¿Había nacido sordo-ciego?   ¿Cómo había aprendido esa forma de comunicación? ¿Quién se la había enseñado?  ¿A qué se dedicaba?  O tal vez antes de irme del lugar, pararme al lado y expresarle unas palabras de aprecio, “¡Qué imbécil!” pensé, “Por más que produzca un juego de palabras hermoso, las entone y pronuncie con una perfecta cadencia, él no las va a escuchar”.

Finalmente ellos se fueron antes. Sentí admiración, con tintes de compasión, por el hombre. Quizá, eso es lo que menos desean que sientan por ellos, que se les trate con lástima y/o como bichos raros, en vez que como personas.

Deberíamos,  más bien, replantear el término discapacitado, que juzga, discrimina y tacha de diferentes a otros que suponemos no son “normales”.

Muchas veces los discapacitados somos nosotros que, con todos los sentidos activos, a veces nos rendimos muy fácilmente ante cualquier problema.

@Vieleicht

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