Nos queda mucho por decir

Nos queda mucho por decir

Lo que nos ha pasado seguramente ya le pasó a un personaje de Homero (no el de
Springfield sino el otro), de Joyce o de Cortázar, pero nunca
exactamente de la misma manera. 

Supe de un autor español que sólo iba a leer clásicos de la literatura por el resto de su vida, desechando toda

nueva publicación con el argumento de que “todo está dicho ya, y mejor, en los clásicos”.
Aunque al principio su actitud me escandalizó, concedo que nada de lo
que hagamos o digamos será esencialmente nuevo. Dicen que para verlo
todo sólo hay que vivir lo suficiente, pues la historia más allá de
unos años parece repetirse a sí misma.
De acuerdo con lo anterior, por brillantes que nos parezcan nuestra
conclusiones, muy probablemente siempre encontraremos alguien lo
suficientemente viejo o lo suficientemente culto como para decirnos en
nuestra cara que logramos “descubrir que el agua moja”. ¿Queda algo
nuevo por agregar a lo dicho por pensadores como Buda, Platón, Tomás de
Aquino u Ortega y Gasset? Para acabar de acorralarnos, este fenómeno
social de la predictibilidad a gran escala también se da en la física.
Trasnochadores empedernidos como Aristarco de Samos, Copérnico o
Newton, crearon modelos para predecir el movimiento de los cuerpos
celestes, haciendo aparecer a los planetas como obedientes cumplidores
de sus severas leyes. Estas leyes y modelos dieron origen a una
cosmología mecanicista, según la cual, todos los movimientos de los
cuerpos del universo ya fueron determinados por las condiciones
iniciales del Big Bang (incluyendo nuestros comportamientos).
Sin embargo, los académicos deben contener su indignación ante la
desconcertante manía de las partículas subatómicas de hacer lo que les
da la gana, como si esperaran que sus reprobadoras miradas hicieran
sonrojar a un neutrino por quebrantar las sagradas ‘leyes’. La física
cuántica parece apoyar así el libre albedrío que el mecanicismo nos
quería arrebatar. Nos recuerda que por inevitables y predecibles que
parezcan los eventos que nos rodean, como individuos que conformamos
ese enorme mecanismo llamado sociedad todavía tenemos la
responsabilidad y el derecho de elegir, dentro de ciertos límites, qué
queremos hacer y cómo.
Pues mi brillante perogrullada de turno es que, aunque hay verdades que
deben ser dichas recurrentemente en nuestra amnésica sociedad, es
posible agregar a la historia y a la filosofía la reinterpretación de
la realidad a partir de la propia experiencia de quien escribe. Lo que
nos ha pasado en la vida seguramente ya le pasó a un personaje de
Homero (no el de Springfield sino el otro), de Joyce o de Cortázar,
pero nunca exactamente de la misma manera, en las mismas circunstancias
y con la misma intensidad. Al lector que ya conozca la realidad
objetiva le aportará ver esa misma realidad pero a través de la
perspectiva de la propia subjetividad del autor. Éste puede aportar
hechos concretos (que la perspectiva sea subjetiva no significa que no
se deba argumentar) pero sin duda su interpretación se ve influida por
las circunstancias del autor, y en la medida en que las conozcamos
podremos entender su posición independientemente de que la compartamos
o no.
Y quién sabe, tal vez hasta logremos engrosar así la lista de los
clásicos.

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