La ceiba frente a mi casa

La ceiba frente a mi casa

Próximamente construirán un edificio en la entrada del viento. No habrá más brisa ni vista a las montañas.

Vivo en un primer piso, en un apartamento estrecho y oscuro. La sala tiene un gran ventanal, y cuando abrimos las cortinas, se ilumina todo el recinto. Por la ventana, tras las dos series de rejas que nos separan del mundo exterior, se ve una hermosa ceiba enana. Durante todo el año, nos damos gusto siguiendo sus trasformaciones: pasa por toda la gama de verdes y amarillos, se queda pelada y se vuelve a poblar; cambia semana a semana. Nunca vemos dos veces la misma ceiba.

Son pocas las veces que abro las cortinas o salgo al patio para verla. Entre la ceiba y mi casa hay una calle peligrosa y un lote abandonado; los buses pasan vacíos por ahí antes de entrar a la Terminal y varios indigentes se pasean frente a las ventanas; las carretillas van y vienen llenas de escombros. En las noches, una pareja homosexual no me dejan dormir con sus gritos, porque nunca sé si son ellos o están violando a alguien. La ceiba es lo único bonito que se ve desde la sala. Saliendo al patio, se pueden ver las montañas, y en la tarde una fresca brisa baja por esa misma calle que se convierte en loma.

Próximamente construirán un edificio en la entrada del viento. No habrá más brisa ni vista a las montañas. Ya no me ubicaré buscando la cordillera, sino apuntando al edificio y diciendo “allí queda el occidente, hacia el mar” mientras mi dedo señala una montaña de concreto. Afortunados los rolos, a tiempo se dieron cuenta de que esos cerros orientales son lo más hermoso de la ciudad. En Cali, mientras tanto, se construyen mil edificios que reemplazan las montañas, los árboles los talan y perforan la tierra; nos encierran entre paredes y no nos permiten ni ver el sol.

Mientras levantan el edificio anti-brisa, mucha gente se asoma en los balcones sobre mi patio; cinco pisos de apartamentos que le taparon el aire a las casas de al lado varios años atrás. Todos miran a las montañas, sabiendo tal vez que la vista no será igual, ignorando seguramente la falta que les hará. Cuando el edificio esté terminado, y necesiten una pausa en medio de sus tareas en la casa, se asomaran a ver los mendigos pasar, los buses pitar y la ceiba quieta, sin brisa que la acaricie, mientras llega el momento de construir otro edificio y talar su frondosidad.

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