Opinión se escribe sin hache

Opinión se escribe sin hache

Siempre he odiado a aquellos oportunistas que asaltan las secciones de opinión de revistas y periódicos bajo títulos no menos despreciables como “itinerante” o el ya consagrado “columnista invitado”. Y creo que la razón para que ellos —y los títulos— me fastidien tanto no es solamente ese trasnochado tufillo de soberbia que queda desparramado en los bordes de las páginas donde salen impresos sus pensamientos, sino también el hecho de que por su misma condición de invitados, escriban sólo por una vez y no gocen de una columna fija que uno pueda leer periódicamente para luego escribirles insultos en la edición on-line.

Porque si hay algo que sobra en este país son los columnistas malos. Y aburridos. De todas formas hay que reconocer que son necesarios para darse cuenta que el masoquismo periodístico existe y que se presenta, en toda su opacidad, cuando uno lee a Gloria H, por ejemplo. ¿O quién puede negar que, a pesar de su técnica escribana, es hasta edificante leer sus columnas, que son el resultado de una exótica mezcla entre Florence Thomas, Paulo Coehlo y Lucía Náder? Es edificante leerla porque uno nunca sabe cuándo se encontrará con una guerrera de la luz feminista que, aparte, esté muy buena. Sin los oportunos consejos de Gloria H, uno no sabría cómo pedírselo sin parecer eyaculador precoz.

Lo mismo sucede cuando uno lee a columnistas como Abdón Espinosa Valderrama, quien con un estilo prosopopéyico y cursi, siempre pretende añadirle poesía a una rama que, como la aburrida economía, no admite ser escrita de la misma forma en que Jorge Isaacs lo hizo con María. Por que, seamos sinceros, ¿a quién no se le estremece la sien leyendo títulos como Espuma de los acontecimientos frente a la crisis y el desempleo?  Además de ser casi tan extenso como su respectiva opinión, dicha columna logra despistar al lector: ¿quién les garantiza que no se trata de una apología del delito, en la que el economista plantea la adulteración de cerveza como fórmula de subsistencia?

Poncho Rentaría tampoco es que salga muy bien librado; a pesar de ser columnista del diario más importante, razón que habla por sí sola de lo inviable que puede llegar a ser Colombia como proyecto de país. Sobretodo si el tulueño comienza sus columnas narrando el frizz de una de sus mejores amigas, y concluye que el Gobierno terminará pagando todos los tarjetazos rayados durante las vacaciones. A pesar de todo, leerlo es la mejor forma de ahorrarse una ida a la peluquería. Y en tiempos de recesión económica, es poderosa la combinación de estar bien informado, con unos pesos de más en el bolsillo.

Con articulistas como estos, que de alguna forma resumen los curiosos estilos que abundan en las publicaciones colombianas (no incluyo a columnistas deportivos como Gabriel Meluk y Antonio Casale, porque sus apellidos me resultan sospechosamente esnobistas como para creerles el cuentico de que son hinchas de Millonarios), es mejor conformarse. Al fin y al cabo, no son como los cobardes columnistas invitados (grupo del cual ahora formo parte), quienes irresponsablemente opinamos sobre cualquier tema, sin tener la autoridad moral para hacerlo. Los otros, los de siempre, al menos ofrecen la ventaja de estar siempre presentes, anclados a un espacio vetusto y anacrónico, lo cual motiva la práctica, por parte del lector, del valioso derecho a la libertad de expresión. Así sea a punta de insultos.

Columna que se respete debe tener al menos una propuesta que solucione tanta criticadera. Por eso me doy el lujo de recomendarles para leer hasta cinco columnistas que brillan, precisamente, por no tomarse la vida demasiado en serio: Gustavo Gómez y Eduardo Arias, de SoHo; Daniel Samper Ospina, de Semana, y Julio César Londoño y Jotamario Arbeláez, de El País. Y como columna que se respete también debe invitar a la reflexión, me permito hacerles la siguiente pregunta: ¿de verdad creen que el Parque del Perro, en la ciudad de Cali, luce mejor ahora, de noche, lleno de —¡vaya ironía!— lavaperros borrachos, que antes, cuando sólo era visitado por recicladores?

BOCADILLO
Si hay algo necesario para darse cuenta del masoquismo periodístico que hay en este país, son los columnistas malos y aburridos.

Comments

comments