¿Ordinaria yo? Deje la murga

¿Ordinaria yo? Deje la murga

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Oiga, pero qué boquita la suya

 

“Mucho pirobo, me dejó plantada”, le conté a mi amiga con la que estaba hablando por celular mientras que el tipo de al lado que estaba conmigo en la parada del bus se quedaba en el vacío existencial de los plops de Condorito a causa de mis palabras. Luego, en la misma conversación dije: “pana, no me las creo, ni si quiera llamó”, y si la ruta del bus que esperaba el hombre no hubiera llegado rápido, éste habría seguido mirándome como si yo fuera una bruja en los tiempos de la Inquisición.

¿Se han preguntado por qué las niñas no se ven bonitas diciendo palabrotas? O mejor, ¿ustedes son de los que dicen si “por esa boquita tomara leche, de seguro se le cortaba”, cada vez que una mujer dice una palabra soez? Si el lector, hombre o mujer, intentó buscar una respuesta a la primera pregunta, o sonrió luego de leer la segunda, probablemente crea, como el tipo de la parada del bus, que soy una mujer ordinaria.

Se es ordinaria no por el significado literal de la palabra, que se refiere a lo sencillo o a lo simple; sino porque hemos atribuido cierto sentido a este signo. Cuando nos comunicamos, damos interpretaciones semánticas al lenguaje y siempre están sujetas al contexto social al que pertenecemos y es por eso que las palabrotas, o vulgaridades, son consideradas como “inapropiadas”.

Vinculamos las palabrotas a lo ordinario porque la regla sociolingüística nos ha enseñado que son poco decorosas y que en las mujeres son aun más desconcertantes. Esto se debe, en gran medida, a que el significado inmediato está asociado al vulgo (de ahí la palabra vulgaridad), y aunque lo perteneciente al vulgo no merezca desmerito alguno, desde el principio de los tiempos las reparticiones de poder y de riquezas se han encargado de que en la historia las “princesas” sean mejor vistas que las “plebeyas”.

Ustedes pueden estar dándome o negándome la razón, pero antes de buscar una respuesta a la primera pregunta debieron aceptar la premisa afirmativa que ésta implica: las niñas que dicen palabrotas son feas. Y si fueron de los que sonrieron al leer la segunda, tal vez evocando algún recuerdo, ustedes comprenden bien el sentido del refrán popular: esa boquita, tan delicada, ¿cómo puede decir esas cosas?

En cualquiera de los casos estamos asumiendo las convenciones de una comunidad de hablantes y es por eso que ustedes o el hombre de mi historia, pudieron pensar que me veía realmente mal diciéndole “pirobo” al que me dejó esperando, o llamándole “pana” a mi amiga. La frase que se lee literal y que tiene un sentido aparentemente gracioso cuando imaginamos la leche cortada (al mismo tiempo, comprendemos el mensaje que lleva entre líneas) implica necesariamente una estimación social que sirve para interpretar la doble significación del refrán.

No, no soy ordinaria, ‘deje la murga’. El lenguaje es un sistema de comunicación lleno de signos, interpretados respectivamente por cada grupo de hablantes desde sus convenciones. Las palabras son bellas, en su esencia, independientemente del significado que les hayamos otorgado, porque configuran el mágico mundo de la intención comunicativa, de eso que es querer decir y hacernos entender, incluso cuando pensamos que una persona que planta a otra merezca o no un calificativo que, dependiendo del contexto, puede ser bien o mal interpretado.

 

Autor: Nathalia Muñoz Árias