Papaya servida, papaya …

Papaya servida, papaya …

Con orgullo podemos contar que nunca se robaron un ejemplar de El Clavo, ni el marrano lleno de monedas.

La desconfianza en el otro, pensar que alguien nos va a dar en la cabeza todo el tiempo y el dicho popular “de eso tan bueno no dan tanto” nos ha marcado desde pequeños. Cómo olvidar en las fiestas a nuestra mamá o tía alistando la bolsa para recoger todo lo que caía de la piñata y no dejarle nada al resto, ‘sapiándonos’ el sitio exacto donde iba la cola del burro, diciéndonos el número ganador de la rifa y colándonos para recibir el helado más grande. Peor aún, nos enseñaron a decir ante cualquier pelea “mijo no se deje, se la van a montar”.

Luego de recordar estos instantes memorables que aún continúan vigentes, es más fácil entender el porqué en la actualidad hacemos copia en los exámenes, somos infieles, nos ‘coliamos’ en la fila y actuamos al estilo “empato o gano, pero no pierdo”. Es pensar en que siempre tengo que ganar sin importar el otro, que estoy por encima de los demás. Algo que va más allá de un simple calificativo como egoístas. 

No podemos vivir en medio de esta sociedad pensando que nos van a estafar, robar y engañar todo el tiempo, y además, partir de estos supuestos y medir al resto con esa injusta vara. Sabemos que generalizamos a diario y juzgamos apresuradamente con dichos como “claro, era una mujer la que iba manejando” o “qué más se puede esperar, usted sabe cómo es la gente” y el peor: “negro tenía que ser”. Muchos de nuestros actos tienen origen en el tipo de crianza que hemos tenido y en los temores de nuestros padres: “¡Deje así!”.

Esto puede sonar raro al hablar de paranoia, más bien parece un artículo de superación personal tipo Walter Riso, de esos que nos recuerdan a Ned Flanders de Los Simpsons diciendo “perfectirijillo”, pero es cierto: si queremos que las cosas mejoren, debemos pensar positivo, cambiar el paradigma de que los colombianos somos deshonestos, reconocer que por una noticia mala hay dos o más buenas. Por ejemplo, alguna vez El Clavo se vendió en las universidades dejando una alcancía con forma de marrano junto a los ejemplares de la publicación. Se llamaba “depósito de confianza”. Entonces los universitarios insertaban la moneda y tomaban una revista. Con orgullo podemos contar que nunca se robaron un ejemplar de El Clavo, ni el marrano lleno de monedas. Como antes de volvernos desconfiados, volvimos a dar papaya y nos fue bien. 

Algún día tendremos que llegar a confiar en los demás y en las instituciones. Llegar a pensar de entrada que el otro puede tener la razón, construir ciudadanía a partir de la diferencia con los demás, aplicar un poco más de la filosofía del Chavo del Ocho: “tómelo por el lado amable”. Ese día vamos a dejar la paranoia de pensar que el problema son los demás, que nos quieren hacer daño y que todo va a salir mal. No significa que las vainas van a mejorar de repente, que todos vamos a conseguir una práctica remunerada, ganarnos una beca y vivir en el país de los Teletubbies. Seguro que actuar positivamente es un buen hábito, el cual nos va a permitir sobrevivir y pasarla bien en un mundo complejo y, claro, poder dar papaya sin que nos la partan.

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