¿Por qué a mí?

O, la razón por la cual no hay amor sin riesgo.

Son las 10:40p.m. y tengo tres llamadas perdidas de César. La flechita doble de Whatsapp me traicionó otra vez. Tengo suficiente experiencia en este tipo de casos como para saber que a él no le importará que hubiera estado en MIO toda la tarde haciendo un taller de prensa, y que en realidad estaba más pendiente de que no me robaran el celular que de contestar mensajes. No, él  me soltará toda una carga verbal acerca de mi “actitud” últimamente. Y sí, me he portado indiferente (no sé por qué todos los hombres les encanta esa frase). Es mi culpa. A mí no me gusta César, lo nuestro  fue un asunto de rumba, de guaro, de rabia porque el otro man con el que quería entucar no me paró bolas.  Él sin embargo, esta encintado, encarretado, empeliculado y todo sin que yo jamás le insinuara ni una intención de relación. Hoy me va a tocar dejarle las cosas claras de una manera muy decente pero que no deje lugar a dudas… y detesto tener que hacerlo.

Esta es mi irónica suerte, y la razón por la cual me he preguntado ¿por qué a mí? una decena de veces en los dos años que llevo soltera.  En estos veintipico de meses he vetado propuestas románticas por las siguientes razones: por fumador, por convencido, porque ya se quería casar, porque no había superado a su ex, por intenso, porque dijo “no leo libros”, porque era celoso y porque estaba demasiado apegado a la mamá, entre otros. Lo único que tenían en común todos estos hombres (además de que no me interesaban) era que todos me perseguían, decisivos, agresivos y sin miedo, a pesar de que jamás alenté esa atención. Mientras tanto, he conocido un puñado de hombres quienes realmente despiertan en mí el deseo de monogamia absoluta y por agüevada – como dicen mis amigas – absolutamente a todos los he dejado ir sin siquiera pestañear. Analizando mi conducta me doy cuenta que esa obsoleta idea de que “el hombre persigue y la mujer elige” propagada en nuestra cultura machista está firmemente arraigada en mí.

Sencillamente, soy incapaz de acercarme a un tipo que me interesa realmente y dar el primer paso que demuestre mi predilección. ¡Y yo que me las daba de mente tan abierta! Me toca soportar el pasar desapercibida por estas tragas quienes finalmente terminan felizmente cuadrados con una vieja más avispada que yo. No es que tenga rencores contra ellas, las admiro por dejar al lado el orgullo que me ha sido imposible abandonar y aprovechar una oportunidad cuando la ven. Muchas de nosotras deberíamos dejar de lado tanta pena inservible y seguir su ejemplo. Será por eso que cuando las mujeres decimos que no hay hombres buenos es porque los que nos interesan realmente, son los tímidos que no somos capaces de abordar; al menos esa ha sido mi experiencia.

Volviendo a César, quedamos de amigos. El otro man de la fiesta lo veo de vez en cuando, hablamos amistosamente pero es bastante serio y estoy segura que no se le pasa por la mente que quiero ser más que amigos. Vamos a ver si en estos días me tomo a pecho lo que decía mi abuela “quien no arriesga, no gana”, para ver si un día de estos dejo de preguntarme, ¿por qué a mí?

 

Escrito por Juliana Bastidas

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