¿Qué pasó con mi 23 de enero?

¿Qué pasó con mi 23 de enero?

qué pasó con mi 23 de enero

 

Después de un 21 de enero que por efectos de la ansiedad y varias horas de madrugada en el teléfono para decir adiós, se pegó con su sucesor el 22, eran las 8:50am y yo estaba apagando el celular para evitar que mi vuelo se convirtiera en ese caso fortuito en el que el mito resulta ser verdad y tumba el avión.

Después de más de un mes despidiéndome, seis meses de proceso, papeleo, exámenes; Después de un diciembre inolvidable y de empacarme en el bolsillo más de una promesa, estaba sentado en el primero de los cuatro aviones que tendría que tomar para llegar a mi destino, a mi nuevo proyecto, a mi desconocido nuevo hogar.

Crecí conociendo, no entendiendo, la figura del hogar como algo lejano al techo, los muebles y las cuatro paredes. Empezar de cero cada tanto ha sido desde siempre parte de mi vida, de las cosas que me gustan de mi vida, y por eso mi hogar no puede estar hecho de cemento, pero desembalarlo tampoco es fácil, por eso en este momento creo que aún lo tengo empacado en la maleta esperando a que lo desdoble y lo planche.

Cuatro vuelos que sumarían 25 horas y 45 minutos en el aire. Un recorrido que entre emigración, avión, conexión, inmigración y salas de espera me tomaría en total 36 horas… Y entre tanto cuento a uno siempre se le pierde algo.

Estando al otro lado del mundo me he dado cuenta de que los latinos siempre estamos más pendientes de nuestras pertenencias que los demás. Caminé y corrí de muelle internacional a nacional y viceversa con mis dos maletas de 23 kilos cada una, más un equipaje de mano que suponía ser pequeño pero pesaba casi ocho. Estaba encartado, ¡mamado!, pero muy atento a mis cosas. Me cargaba una maleta en la espalda, otra en el pecho, la otra la arrastraba; llevaba en la mano libro, pasaporte, documentos, pasabordos… Estaba atento a tantas cosas importantes que se me terminó embolatando lo que uno siempre da por hecho. Se me perdió uno de los 365 días que por ley me corresponden. Nadie me da razón de mi 23 de enero de 2013.

Tengo entendido que se perdió muy en medio del Océano Pacífico, en un lugar del que mucho nos hablaron en las clases de sociales, abajito de ese estrecho por el que supuestamente llegaron los primeros pobladores de nuestro continente, (Si si, el de Bering) por ahí abajo, sobre el meridiano 180, que aún no se si será el mismo meridiano de Greenwich, investigué y no entendí… Pero no profundicemos en meridianos porque quedé hastiado de ellos después del tema de La Haya.

Se me perdió un día que pudo ser ÉL día; Nunca lo sabré. Hago cuentas, sumo horas de vuelo, resto  husos horarios y no doy con el paradero de mi 23 de enero… ¿Y entonces qué otras cosas habré perdido?

Sé que muchos “hasta luego” serán “adioses” y que las promesas salen fácil de la boca pero el impulso para cumplirlas se puede refundir como mi 23 de enero en medio del Pacífico. Un Pacífico que no es amigo de Buenaventura, sino que está 16 horas adelante de todo lo mío y me roba pertenencias cada vez que me despabilo.

 

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