¡Saecula Saeculorum!

¡Saecula Saeculorum!

Saecula Saeculorum

Un poco más de doscientos años de independencia, en los que Colombia ha hecho y pensado sólo para sí, para su propio beneficio, para el bien de sus habitantes. Y así ha sido, ¿quién lo pueda negar? Para bien o para mal, en este pedazo de tierra siempre, tarde o temprano, nos terminan dando lo que todos necesitamos, o lo que andamos buscando; aunque la mayoría de veces termine con muertes, y más muertes. No es que toda nuestra historia se encuentre teñida de ese rojo pasión, pero sí la marca. Y de qué maneras.

Independencia de la corona española, gritaron; para empezar a depender de unos cuantos que desde aquel momento comenzaron a torturarnos al hacerse dueños del poder. Hacerse con los recursos. Algunos no lo aguantaron y se revelaron, respondieron con fieras batallas al interior del país; y como la mayoría de ocasiones: con muertes se resuelve el asunto. Y así ha transcurrido parte de nuestra historia. Que uno quisiera decir: “esta vaina ha cambiado”; algunos diremos que sí ha cambiado, otros diríamos que para qué decimos que no, si sí. Pero lo que ha cambiado es la forma en la que ellos hacen las cosas porque fue hasta 1853 que se permitió el sufragio, una vez público, empezará a ser secreto.

Cambiaron, sí. Cambiaron los métodos, porque entonces empezaron a comprar consciencias, tal vez no con mercados, no con dinero –esas son prácticas algo más modernas– pero sí con muerte. ¿Quién no quisiera salvarse de la muerte? Muchos no pudieron. Su intento por ejercer sus, dizque derechos, les dieron un único y fatídico destino. Y para comprobarlo sólo hay que acercarse a la tumba de los miles de colombianos que fallecieron durante la llamada violenciaen Colombia. Esa época que, supuestamente ya acabó, pero que curiosamente aun vivimos. Quién quiso salvarse de la muerte lo hizo, vendió su consciencia, vendió su familia de tierra –o de sangre, tal vez–, vendió su país.

Se trató de cambiar la violencia y la muerte por una guerra de palabras, por el dialogo amable, en una plaza pública. Y tampoco se logró. La guerra de palabras terminó en una guerra que se gritaba al ritmo de las arengas que el solitario y desprotegido público lanzaba. Al ritmo del sonido de los cañones que disparando sus mortales plomos acaban con la vida de quien es mejor o más arengado. Cambiaron sí, pero los métodos, los escenarios, las palabras que usaban. Se hicieron sentir como si fueran de este lado de los implicados, procurando solucionar los problemas de este lado. Pero, como siempre, a los gatos no les han interesado nunca los asuntos y problemas de los ratones.

Nos trasladamos a la plaza pública, nacieron bufones, nacieron mentirosos, nacieron políticos, nació la politiquería. Nacieron los hijos de los hijos de los hijos. Válgame un madrazo. Y hasta hoy son esos hijos, los que quieren mantenerse allí: cosechando muertes, disfrazando el cambiar las cosas, entusiasmados con llegar a ser, y no dejar de ser. Se convirtieron en payasos. ¿Nos dimos cuenta acaso cuándo sucedió esto?

Y se burlaron de nosotros, ¿qué tal eso? No nos reímos del payaso, todo lo contrario. El payaso se ríe de nosotros mientras hace su show en lo alto de la tarima en medio de la plaza pública. Y nosotros ahí, lejos o cerca de la plaza pero ahí, escuchando, sonriendo, soñando que nos van a cambiar el país. País que sus familias destruyeron. Pero no se quedan allí: ¡se siguen burlando de nosotros! Cada cuatro años, no más pero a veces menos, nos hacen escucharlos a todos en las mismas plazas a escuchar el discurso que ya dijo el abuelo, ya dijo el padre, dirá él, y pueda que su hijo. Y esto qué ¿Saecula Saeculorum? Apagaron, ganaron y la plaza, no va más.

Cambiaron, sí. Cambiaron los intérpretes. Esto es así como una especie de Eterno Retorno en el que nos condenaron a escuchar las mismas barbaridades disfrazadas de hermosas profecías y promesas, una y otra vez en diferente voz, diferente hombre. ¿De dónde tanto homúnculo? ¿Cuándo el interés común se convirtió en quimera? ¿Por qué, como un alquimista, seguimos luchando por transformar agua en vino y los metales en oro? Son ellos, es su herencia, no cambiarán el país. Nosotros debemos cambiar el país, hasta entonces se reirán de nosotros en lo alto de la tarima. En medio de la plaza. Nos explota no la corona, nos explotan payasos. ¡Nos convirtieron el país en una fulana sifilítica!

¡Colombia Euouae!

 

Escrito por Mauricio Duarte  @UnTalDuart

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