¡Se tiró la vida…!

¡Se tiró la vida…!

Embarazada a los 20 años: Pobrecita… Se tiró la vida. ¿O no?

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Carmela Bousada, una española de 67 años, parió gemelos el pasado 29 de diciembre luego de hacerse implantar óvulos fecundados por un especialista. Tras el nacimiento, el mundo entero puso el grito en el cielo. “¡Irresponsable!”, dijeron, “¿por cuánto tiempo va a ser capaz de criarlos?”. Para mí la noticia era otra: había una mujer en el mundo con ganas de tener hijos.

Empezando por mí, no conozco a nadie que hoy en día se alegre de ver a una mujer en embarazo o tenga niños planillados a futuro próximo. ¡Si para eso están las pastillas y los condones, mujer! Pobrecita… Se tiró la vida. ¿O no?

Las razones anti-preñez más comunes son tres:
En primer lugar está la superpoblación mundial, que además, huele a ciencia. Ser madre es ignorar las matemáticas del pan por cabeza, del oxígeno por pulmón y del centímetro cúbico por garganta. Según los pronósticos, un niño más y nos morimos todos de hambre, ¡se Somaliza el mundo!

La segunda razón es la piedad. Como vivimos jodidos ?o lo vivimos diciendo?, pues, lo mejor que podemos hacer es evitar que más niños vengan a sufrir con nosotros.

Y la tercera y última es la edad. No se pueden tener hijos porque: a los 67, ya se sabe, es una irresponsabilidad. En 10 años, con suerte, el niño se entrenará empujando tu silla de ruedas. Entre los 40 y los 50, los problemas generacionales no permitirían una sana comunicación padre-hijo y la plenitud de la vida no es para estar criando muchachos. A los 30, acabas de terminar tu carrera y empezaste a trabajar, ¡no eches a perder ese momento! A los 20, ¡tan joven y con un niño!, olvídate de tus sueños y aprende a poner pañales. ¿A los 15? De nuevo, una irresponsabilidad…

Si se hace caso de estas razones, lo mejor es condenarnos a la muerte lenta de un mundo sin personas nuevas. “Abortar” suena casi piadoso.

Hace poco decidí pasar una noche con las parturientas del Hospital Universitario del Valle. Cosas de periodista, irse a meter donde uno cree que la gente está sufriendo más. Pensé: si las embarazadas son todas desgraciadas, y a esa desgracia se le suman pobreza, enfermedad y poca educación, entonces las más desgraciadas de todo Cali son, con seguridad, las mujeres de la sala de partos del HUV.

En efecto, el 80% no alcanzaban los 18 años, y todas (porque es condición para acceder al servicio) estaban en riesgo de morir por preclampsia. Jodidas jodidas. Eso creía yo.

Pero eso no fue lo que vi. Vi mujeres decididas a abrir las piernas y pujar. No le pedían llorando al médico un poquito de anestesia o un cupo en cesárea; no se quejaban de la falta de oportunidades, la carestía, el mal gobierno; de no vivir en Estados Unidos donde sí hay empleo y los niños van gratis a la escuela. Sus niños no tenían garantizado el semestre en la U, ni el inglés ?debajo de los bracitos no vi ningún pan?, pero vaya si tenían menos miedo que yo.

Yo, que no arriesgaría mi grado universitario y mis primeros sueldos de soltera por comprarle compotas a otra persona. Que me sentiría miserable si paso la dicha prometida de los 30 cambiando pañales. Que me daría por derrotada si un día de estos tengo que caminar hasta la tienda con una panza de 6 meses.

Así las cosas, ¿quién ?el niño o yo? es el que se merece el cupo en este mundo?
Una cosa es juzgar cuándo y cuántos niños son convenientes. Otra, como lo hacemos, ver el embarazo en sí como pura brutalidad y desgracia: a los 20 y a los 50, pobre o progresando, soltera o casada.

Un poquito menos de cobardía y egoísmo y, un día de estos, la vida dejará de ser una idiotez, un accidente, una mala noticia.

Comments

comments