Sin salud, sin plata y sin dignidad: La realidad de muchos colombianos

Sin salud, sin plata y sin dignidad: La realidad de muchos colombianos

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“Yo me pregunto ¿por qué me tuvo que pasar a mí?”, es el fragmento de una canción de Los Rodríguez que me repetí muchas veces una mañana de Febrero. Esto es algo así como un apunte sobre mis insatisfacciones políticas. No, no crea que soy una pone quejas, bueno lo soy, pero no en un sentido cualquiera, me refiero a que mi anécdota no sólo es un suceso que probablemente le haya ocurrido a muchos, sino que es portadora de la indignación de una colombiana. ¿Alguna vez le han arrebatado su dignidad? Tal vez sí, y tal vez aún no lo sepa.

La dignidad es ese diamante que le ha otorgado su condición única de humanidad. Es como una luz que aumenta o disminuye su brillo cada vez que usted hace un uso, racional o no, de su libertad. Esta lucecita también está relacionada con los Derechos Humanos, lo que significa que brillará, mucho o poco, dependiendo de las condiciones sociales, educativas y económicas a las que esté expuesta.

Le decía que soy una colombiana indignada, indignadísima. A Mediados de Febrero mi mamá tuvo una intervención médica en la parte superior de su pie y después de algunos días, necesitaba sesiones curativas. Aquí empieza Cristo a padecer.

8:00 a.m. el hombre que custodia la puerta de la EPS nos envía al piso de arriba para buscar al jefe de cirugía. Esperamos hasta que, ¡por fin!, el médico sale del consultorio para informarnos que no atenderá el caso de mi mamá. —Acompáñeme al módulo para que le den una cita otro día— dijo el hombre y yo me preguntaba por qué le asignarían otra cita si ese era el día indicado para ello. En seguida pregunté si era inoportuno no chequear las heridas y evitar alguna infección, a lo que la mujer del módulo contestó con un largo y gestual “pues…”.

Para nuestra fortuna, abrieron un espacio entre las 9:30 y las 10:30 a.m. —Son $2500 señorita—expresó quien atendía otro módulo de consulta al usuario. Extendí la mano para entregarle un billete de $5000 y pensé “nos quedamos sin el pasaje”. La atendieron después de las 11:00 a.m., entramos a la sala de curaciones en donde una enfermera robusta le quitó la venda y dijo —Necesitamos vendas ¿Las trajo?— supongo que es muy natural que el paciente lleve las herramientas de trabajo clínico al centro médico en donde le atienden. Es decir, ¿No tienen vendas en un lugar como ese?

Resolvimos el asunto del transporte y llegamos a casa. Tenía que regresar para ir a estudiar y bueno, me faltaban $700 para el transporte público. ¿Recuerda que le hablé de mi indignación? En ese instante, que se fue len-ta-men-te (abriendo la bocota con una mueca que haga sonar cada sílaba en todos los rincones del mundo), sentí que se llevaban mi dignidad. El problema más grande no es la atención ineficiente del centro médico ni que se descompletara mi transporte para ir a la universidad, el problema tiene un fondo mucho más denso. ¿Qué está ocurriendo en un país en donde su dignidad se le va así?, en una mañana, y pensar a cuál de sus compañeros decirle “parce, no tengo pa´l bus, ¿me presta plata?”

 

Escrito por Nathalia Muñoz Arias

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