Sueños por millonadas

Sueños por millonadas

Todos a quienes llamamos ilustres amigos de la familia tenían otro egresado más cercano al cual recomendar.

Foto: Beatrice Aguirre - EL CLAVO

Cuando entré, una millonada de proyectos inundaban mi cabeza: ser gerente de una multinacional, un apartamentico adornado con los recuerdos de mis viajes por el mundo, una mamacita, una finca en la vía al mar, y por que no, una acción en algún club para hacer deporte los fines de semana.

El primer día después de mi practica profesional, una energía impetuosa inundaba los rincones de mi hogar, mis padres decidieron ir en taxi a sus trabajos dándole prioridad a la imagen de su hijo adorado quien a las 8 de la mañana tenía entrevista en una empresa de recorrido en el sector papelero. No pasé. Por una estúpida razón del destino, uno de los requisitos, aparte de las cualidades de racionalidad numérica, era el de escribir, el de saber escribir de verdad.

Con los meses iniciaron los primeros recorridos en bus por la ciudad. Hoja de vida aquí, hoja de vida allá. Entrevista acá, entrevista allá. Llamada a Fulanito Cabal acá, llamada a Fulanita Garcés allá. Todos a quienes llamamos ilustres amigos de la familia tenían otro egresado más cercano al cual recomendar. La solución: comprar una mejor loción y contratar una sicóloga que me dé los tips para resolver las pruebas de las fatigosas entrevistas.

Funcionó. 3 de la tarde, contesta Evelita, acercarse a la oficina de recursos humanos de una distribuidora de motos para hablar de la contratación del niño de la casa. Sueldo: $350.000 al mes. Obviamente dije que no. Mis papás habían invertido 45 millones en educación, sin contar gastos de alimentación, copias, transporte y recreación.

Para esa época la búsqueda había perdido sentido. Rumba en semana, trasnochadas al pie del Playstation y del DVD, uno que otro porro, una que otra hembrita no tan mamacita, fines de semana en finca o en alguna de las muchas fiestas del conocido del conocido de otro conocido. Para ser sincero, tampoco eso funcionó. Las preguntas: “¿qué estas haciendo?, ¿en donde estas trabajando?, ¿cuanto estas ganando?”, empezaron a incomodarme de tal forma que decidí aislarme, buscarme en la soledad. Para rematar el cuadro, dos padres desilusionados: el hijo no había cumplido sus sueños.

¿El hijo no había cumplido sus sueños? De repente, las sombras de la caverna se hicieron menos confusas. ¿Era en verdad mi sueño ser gerente de una multinacional? No eran acaso las proyecciones que de mí se habían hecho otros. Qué curioso, jamás en mis 23 años de vida me había hecho esa pregunta. La soledad daba sus resultados y también los dio el verme la película de un mexicano que hace de argentino.

Curiosamente, el día que publiqué que mi sueño era hacer un viaje por Suramérica, un baldado de mierda se me vino encima. A lo 23 años uno no puede estar pensando en esas pendejadas, eso pa’ qué, esa fue la respuesta de un tío ganadero ?corrijamos, un tío paraco. La respuesta de mi padre fue más diplomática: “vea mijo, muy bueno que tenga esa idea, pero primero consiga sus cositas, y después sí se va a viajar a donde quiera, hágame caso”.

Ha pasado un año desde eso, estoy a un mes de recibir mis primeras vacaciones de 15 días, en la agencia de viajes me dicen que un viaje por Suramérica de quince días cuesta $3000 dólares sin ir a Ecuador ni a Chile, sólo Argentina y Perú, cuelgo el teléfono resignado. Con un sueldo de $425.000 pesos al mes sólo he ahorrado $600.000 pesos este año, no me alcanza ni pa’ San Andrés. Qué falla. Lo mejor será aplazar las vacaciones otro año, así tendría un mes libre y podré ahorrar el dinero suficiente para cumplir mi sueño. ¿Cuál es que era mi sueño? Mi novia dio positivo.

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