Talese, su método

Talese, su método

Su método de escritura es el más dispendioso que registra la historia de la literatura. Es algo tan estúpidamente engorroso que parece, antes que un método de composición, un camino infalible al fracaso.

Julio César Londoño

Gay Talese, uno de los papás del Periodismo Literario, lleva años sin publicar nada. Puede estar exhausto, como Gabo, o simplemente está siguiendo su método, que es singularmente lento. “No me importa si una oración me toma una semana”, ha confesado. Suele dedicarle meses y años a sus reportajes. Le gusta conversar con sus entrevistados muchas veces y verlos actuar, observar cómo visten, comen, hablan, trabajan, regatean o acarician.

Su método de escritura es el más dispendioso que registra el anecdotario de la historia de la literatura. Es algo tan estúpidamente engorroso que parece, antes que un método de composición, un camino infalible al fracaso.

Talese empieza tomando notas en unas tiras de cartulina que les ponen a las camisas en las lavanderías neoyorquinas. Las utiliza porque le parece que una libreta de apuntes puede intimidar tanto al entrevistado como una grabadora o una cámara fotográfica. De manera que siempre carga en los bolsillos de los caros abrigos con que cubre su atlético y esbelto cuerpo de 75 años, una buena provisión de tiras y cuando llega el momento saca una, la apoya sobre sus rodillas y toma el apunte así, como si estuviera improvisando.

En su casa organiza estos apuntes en una libreta amarilla con rayas corrientes azules. Escribe con tinta negra y roja. Pone los títulos con letras grandes rojas o con “negritas” hechas a mano: Escena 5. Yo creo que es un diagramador frustrado. O un viejo escriba enamorado de su trabajo.

Esta libreta es una especie de guión que contiene locaciones, títulos de capítulos, subcapítulos, compendios; en suma, un plan. Luego escribe el texto propiamente dicho en máquina eléctrica. Siempre empieza con una oración en mayúsculas fijas, la lee, tacha y reescribe y al cabo de un tiempo que va desde unas horas hasta dos días, tiene una página en mayúsculas fijas a triple espacio. Cuando tiene seis páginas tacha-tacha-tacha-tacha de manera obsesiva, rulfiana, y forma con las palabras sobrevivientes una página que lo deja más o menos satisfecho y la clava en un panel de icopor con un alfiler. Entonces repite el proceso y obtiene una segunda página que es clavada al lado de la primera. “Tengo cinco paneles de icopor de modo que puedo poner hasta 35 páginas seguidas en tres filas. Son como piezas de ropa en un tendedero”. (Si no fuera porque he visto fotos de su estudio, pensaría que todo esto es una broma de Talese).

Explica que pega las hojas en la pared porque así puede ver cómo se mueven las escenas. “Solía sentarme al otro lado del cuarto y mirarlas con binóculos pero mi oficina actual es demasiado estrecha para eso. Por eso me inventé otro sistema: a cambio de los binóculos hago dos copias de todo: la primera es de tamaño normal, la segunda es una reducción al 67% en la fotocopiadora. Aquí se ve todo muy diferente y puedo abarcarlo de un solo vistazo en el escritorio. Así logro el mismo efecto de comprensión panorámica que lograba con los binóculos”.

Antes de todo esto ha hecho, claro, el trabajo de campo, etapa en la que no es menos puntilloso. Con Lorena Bobbit, por ejemplo, la señora que le cortó el pene a su marido en un ataque de celos, habló muchas horas y entrevistó también a la señora de la tienda donde la radical Lorena compró el cuchillo y a la doctora Suzanne Frye, la uróloga que le reconstruyó el miembro a John Bobbit. Suzanne le mostró a Talese la película que ella llevó a un congreso de urología sobre el “Caso Bobbit”. Allí se observan todos los detalles de la cirugía reconstructiva y la prueba de su éxito: para ver si todo había salido bien, Suzanne le proyectó a John una película pornográfica mientras ambos, Suzanne y John, eran filmados. La película muestra a Suzanne tomando el erecto falo de su paciente y explicando asuntos de cavidades y flujos sanguíneos. No contento con esto, Talese insistió en ver con sus propios ojos el milagro. Después de algún tira y afloje, el señor Bobbit se lo mostró con un rubor no desprovisto de orgullo. Así es Talese, siempre quiere llegar al fondo del asunto.

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