¡Taxista!

¡Taxista!

¿Cuándo fue la última vez que vio un accidente de tránsito donde uno de los chocados no fuera un taxi?

¿Cuándo fue la última vez que vio un accidente de tránsito donde uno de los chocados no fuera un taxi? ¿Cuántas veces se ha encontrado un taxi atravesado en la cebra, adelantándose a los conductores que hacían la cola juiciosos en el semáforo? ¿Se acuerda con rabia de ese taxista que lo cerró y que además tuvo el cinismo de regalarle un madrazo? Fresco, muy seguramente usted no está solo.

Nuestra ciudad está en una especie de sánduche entre las megalópolis como Miami, donde es prácticamente imposible moverse si no es en carro o en taxi, y buenos vivideros como Seattle, donde todo está pensado para favorecer al ciclista y al peatón.

Personalmente, me gusta pensar que una población es más civilizada entre menos se dependa de los taxis. Pero para llegar a ese paraíso donde los únicos vehículos amarillos que se vean en las calles sean los que la gente llame por teléfono, se necesita una combinación de transportes públicos que cubran prácticamente toda la ciudad. Como al MÍO aún le falta y las ciclorrutas todavía les parecen un chiste a los políticos, creo que vamos a tener que vivir apretaditos unos años más entre nuestros casi 20.000 taxis.

Mientras tanto, ¿no sería bueno que los taxistas fueran agentes generadores de civismo en vez de madrazos? Si desde hace años se capacita a fiscales, jueces, policías y militares en derechos humanos, podría ser buena idea hacer algo análogo con los taxistas formándolos en civismo. Al fin y al cabo, si las calles son las venas y arterias de la ciudad, los taxistas que las transitan podrían ser como los glóbulos blancos que llegan a cada rincón. Un taxista que es consciente de que debe respetar los turnos, así se crea un ‘timonazo’ capaz de caber por donde no cabe ni una moto, puede ser un buen ejemplo que motive a los demás conductores.

Quién sabe, de pronto de esta forma hasta lleguemos a un punto en que llamar a alguien en la calle “¡Taxista!” sea un motivo de orgullo y no un exabrupto contra quien le está echando el carro encima.

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