Te extraño tanto, enterizo

Te extraño tanto, enterizo

Las chicas no se gozan el paseo: se lo sudan.

La revolución de los sexos está muy bien. Los hombres lloran y cocinan; las niñas conducen autos y se gradúan de ingeniería mecánica. Pero ojo varoncitos: si quieren ser felices, nunca, pero nunca permitan que se les feminicen la barriga, las bermudas de baño, ni un milímetro de su velluda humanidad.

Las mujeres somos buenísimas en lo que tiene que ver con el corazoncito y en las últimas décadas nos hemos emparejado en berraquera con los machos respecto al estudio y al trabajo. Pero en cuestión de diversión… seguimos en pañales. Qué digo: en bikini.

En un paseo, cuando el joven parado en el borde de la piscina calcula mentalmente cómo atravesar la superficie de agua sin levantar una sola gota, la niña, a su lado, está preocupada por el nudo de las tiritas en la espalda, por la segunda tanda de bronceador que se va a tener que aplicar después de la lavada, por la segura descuadrada de la tanga en el salto y, sobre todo, por cómo se va a cubrir las tetas cuando el agua se le lleve por delante los triangulitos del corpiño.

Recuerdo con nostalgia esos años en que me paseaba con un enterizo de rayas y mi barriguita infantil por cuanta piscina, río, playa o patio con manguera se me cruzaba en el camino. Éramos iguales entonces. En esa época, el bronceado era la prueba de unas vacaciones llenas de diversión y hasta la ‘descaspada’ se lucía con orgullo.

Hoy, un buen bronceado es reflejo de que la niña pasó dos horas del paseo tendida entre atolles de aceite con zanahoria y chocolate, bloqueadores y cremas humectantes, cambiando de pose cada quince minutos para no quedar ‘parchuda’ y con la cara sofocada bajo una toallita, mientras los hombres se refrescaban del planazo de sol en la piscina.

Crucificadas de calor y sumiendo barriga, las chicas no se gozan el paseo: se lo sudan.

Es la letra menuda que no leímos en el contrato de la feminidad, por allá, entre los 13 años y la fiesta de 15, cuando sucedieron las cosas que nos consagraron como mujercitas. “¡No se depile todavía mamita, que queda esclava toda la vida!”, “¿Y qué afán de subirse en unos tacones?”. Las madres cantaron la advertencia, pero ¡tercas de nosotras!

Habría bastado con detenernos a contar los folículos pilosos del cuerpo humano, o las horas que habríamos de pasar acomodando el paseo al bronceado y el cuerpo al bikini, para decir ¡no!

Admitámoslo. Los hombres han sido más inteligentes en esto. ¿O cómo llamarle si no agudeza, astucia, al impulso que en menos de una década los liberó de la abominable pantaloneta ‘narizona’?

En plena pubertad, el tímido jovencito ochentero veía con horror encogerse su virilidad con las bajas temperaturas de las piscinas. Y la licra no ayuda… El Mundo de la Narizona fue en realidad, por mucho tiempo, un mundo habitado por miles de pequeñas naricitas.

Pero ellos lucharon y con el tiempo lograron acomodar el paseo a la medida de su tranquilidad. Hasta nos hicieron creer que la barriga les luce, que en bermudas se ven sexys y que no importa lo feo sino lo macho.

Nosotras, en cambio, cada vez le dejamos recortar más centímetros al bikini, ésa prenda egoísta que exige y quita muchísima más diversión que la que da. Por eso te extraño tanto, enterizo de barriga blanca y bronceado disparejo. Y junto a él, a las bermudas, botas, camisetas, gorras y demás prendas resistentes y holgadas con que se visten en la niñez los paseos.

En el laberinto de cremas depilatorias, sandalias, tangas y pareos, las chicas olvidamos que el paseo estaba en el río y los amigos, y que el agua no se siente tan fresca cuando se nos está metiendo el bronceador en los ojos.

Ustedes, que cuando están velludos parecen ositos, que con las nalgas blancas se ven tiernos, que clavan sin preocupación, aferrénse a su comodidad. Y recuerden que si nos ven llorar, a veces es por este corazón, y a veces por las ampollas de los tacones, porque esta barriga no baja, porque estoy tan blanca y ¡ya acecha el próximo paseo!

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