Un invento complejo

Un invento complejo

un invento complejoLa ciudad es un invento de las mujeres. La inventaron en complicidad con el azar, esa esquiva y carismática entidad. El hecho sucedió así. Hace unos once mil años un grupo de mujeres decidió sembrar plantas para matar el tiempo mientras esperaban a sus maridos, que andaban, como siempre, ocupados en una larga expedición de caza.

Cuando al fin volvieron, las mujeres atendieron a los heridos, abusaron de los ilesos y luego se sentaron a asar perniles y a escuchar las hazañas de la empresa. Después de reponer fuerzas durante unos días, los hombres decidieron que ya era hora de recoger las carpas y proseguir la marcha. Pero se encontraron con la sorpresa de que sus mujeres habían decidido otra cosa: había que esperar la cosecha. “La ¿qué?”, preguntaron los hombres. “La cosecha”, dijo alguna, y les explicó el significado de la novísima palabra.

 A regañadientes, los hombres aceptaron. La agricultura era una actividad mucho menos emocionante que la cacería, y los vegetales mucho menos sabrosos que las carnes (parece que ya entonces la ensalada era un “hueso”) pero aceptaron porque también entonces las mujeres mandaban –mejor, persuadían.

El caso es que la tribu se quedó a esperar la cosecha. Para distraerse, los más laboriosos trasformaron sus carpas en ranchos, los perezosos idearon canales para que la gravedad les llevara agua limpia del río a las casas y aguas sucias de las casas al río, los rumberos levantaron un templo ritual, y otros, los primeros legisladores, modificaron las leyes nómadas para adaptarlas a los desafíos que la convivencia sedentaria planteaba. Y así fue como del surco brotó la ciudad, ese perímetro de signos, leyes y trampas.

En adelante, todo cambió. Hubo nuevos oficios, problemas y palabras, y la memoria de la especie se agudizó porque la ciudad obró como una caja de resonancia de los acontecimientos –de todos, de los que acontecían en su seno o de los que contaban los viajeros. En adelante, la ciudad sería el escenario de la especie. Allí tendrían lugar el mercado, los juegos, las representaciones, los sacrificios y la política porque, para bien o para mal, necesitamos siempre al otro: en los negocios, el juego, el espectáculo, la conversación. Lo necesitamos para amarlo… o para sacrificarlo.

Tal vez el primero que verdaderamente vio la ciudad fue un campesino montaraz, un bárbaro que un día se tropezó con una urbe y descubrió, pasmado, calles, plazas, gárgolas, una escalinata, una catedral. No tenía palabras para nombrar esa fábrica laboriosa, es verdad; a cambio, podía asombrarse porque estaba a salvo de la insensibilidad que acarrea la rutina.

Aunque la literatura la menciona desde la antigüedad, la ciudad aparece en los libros como un mero decorado, como el escenario donde suceden las cosas pero uno no siente que ella juegue ahí un papel protagónico. Hubo que esperar hasta que Lawrence Durrell publicara El cuarteto de Alejandría para que la ciudad dejara de ser telón de fondo, paisaje, y pasara a ser una entidad viva. Orgánica.

Aunque la ciudad es la cuna de la civilización también puede ser, por los problemas sociales y ecológicos que plantea, su tumba.

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