Un nazi con smartphone

Un nazi con smartphone

UN nazi con smartphone

 

UN NAZI CON SMARTPHONE

 

Hace unas semanas mi preadolescente retoña me pidió un iPhone. Atolondrado, busqué mil excusas detrás de la podredumbre a donde nos ha llevado la sociedad de consumo, las virtudes de la vida ascética y otras excusas que me alcanzó a arrojar una rápida búsqueda en mi propio smartphone. Nada sirvió, y raudo me dirigí al San Andresito de la 80, donde me vendieron un “AiFone” chino buenísimo.

 

—No es un iPhone.

—Claro que lo es —repliqué—. Puedes navegar, poner música y hacer llamadas a tu papá.

—No es un iPhone. Punto.

 

Es increíble cómo el mercado logra reconocer tan bien a algunas marcas. La impronta del mensaje que una marca deja es indeleble en la mente de sus usuarios si la forma de transmitir el mensaje es consistente. Lo interesante es que los humanos somos buenos, en general, reconociendo quiénes envían los mensajes así no los conozcamos.

Permítanme otra historia para ilustrarlo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos conformaron un equipo de interceptores de mensajes en clave morse que los nazis transmitían a través de la estática de las frecuencias radiales a sus tropas. Los resultados de este comando fueron decepcionantes, toda vez que a esa altura de la guerra podían interceptar lo que fuera, pero no tenían ni idea de lo que estaban diciendo los alemanes, pues los nazis transmitían en el famoso Código Enigma, descifrado años después por Alan Turing (cuyo suicidio en 1954 con una manzana con cianuro fue objeto de homenaje por parte de Steve Jobs en el ahora icónico logo de Apple).

Los británicos, a pesar del aparente desperdicio de tiempo y recursos, escucharon a través del tiempo al gran filósofo Francisco Maturana diciendo “perder es ganar un poco” y miraron qué le podían sacar de bueno a semejante esfuerzo. Y resulta que los agentes terminaron haciendo un hallazgo improbable: a fuerza de escuchar por horas y días la cadencia, el acompasamiento y la métrica de los mensajes, ya podían reconocer a sus remitentes. Puede que no entendieran un soberano chorizo de lo que querían decir, pero sabían QUIÉN lo estaba transmitiendo. El estilo, la velocidad de tipeo e incluso las pausas de los nazis al enviar sus mensajes encriptados se volvieron reconocibles. Incluso, cuentan, llegaron a ponerles nombres. “Hans está enviando un mensaje desde Berlín”, “Herr Häagen-Dazs llama a alguien desde el frente oriental, se nota preocupado”, “Algo trama el commander Faber-Castell, porque está contento”, imagino que serían los reportes de los agentes a sus superiores. La utilidad que tuvo para el mariscal Montgomery esta información le dio un giro a la guerra.

La enseñanza aquí es clara: el estilo del remitente es tan importante como el mensaje. Tanto Jobs en Apple como los agentes nazis transmitían cosas, pero lo que hacía reconocible su mensaje eran ellos mismos. La forma como transmitían su mensaje era su firma personal. Así como un agente interceptor lograba reconocer al nazi o como cuando al tomar un aparato podemos decir “esto es Apple”, si hemos desarrollado un buen producto o servicio y le hemos puesto nuestra impronta, el mercado nos va a reconocer tarde o temprano.

Conclusión: nuestro producto no solo debe ser bueno; necesita un transmisor consistente y reconocible. Y si usted es emprendedor, es su labor, de nadie más.

Póngale SU firma.

 

Autor: Juan Fernando Zuluaga
Twitter: @jfzuluaga
Juan Fernando Zuluaga

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