Un pastuso en Nueva York

Un pastuso en Nueva York

18. Un pastuso en ny

Podrían asustarme con un “sé lo que hiciste el verano pasado” en el espejo del baño, pero lo contaría con gusto, porque mi viaje de cinco semanas para estudiar Inglés se convirtió en la primera (y no última) experiencia para sentirme un ciudadano más en la Capital del Guorld.

Dicen que los pastusos hablamos el mejor espanish de Colombia, y llegué a La Gran Manzana dispuesto a comprobar ese mito en otra lengua. Mi cantadito acento con variación en los tonos y el uso de expresiones propias del sur del país, harían posible una buena traducción y vocalización de mi conversación con cualquier señor gringo… con decirles que el restaurante más famoso de chiquen frito en Pasto se llama Mister Pollo.

Fui al Central Park bajo un sol que había madrugado más que yo, y que calentaba como si sólo tuviera ese último verano para hacerlo. Hasta la nube voladora de Gokú se hubiera evaporado en ese cielo azul, azul, azul. En serio, blu. ¡Y camine, y siga caminando!, con un sombrero de ala ancha, sandalias con medias, una mochila pasada en peso y un mapa-mantel plegable como para una teibol de cuatro puestos.

A las 2 pm sentía unos 40 grados centígrados en la sombra, y fui a buscar algo para almorzar. En una esquina había un restaurante de decoración exquisita, con un letrero en la puerta que decía “Today, cold Sangria with fruits”. Mi boca salivó lo último que le quedaba para saborearse una delicius copa.

Dhirtin”, le escuché al portero cuando le pregunté cuánto costaba. A dos mil pesos por dólar aproximadamente, esos $26.000 pesos se me hicieron un regalo para lo que yo consideraba en ese momento la última Coca-Cola de todo el desierto de NYC. Entré y dije un convencido “Guivmi guan, plis!”, a la mesera, que sonrió con un “teik a sit and güeit a moment”. Llegó una copa gigante de sangría helada y una jarra para repetir un par de tragos más en la misma proporción. El primer sorbo (toda la copa) no me supo a nada: me la bogué hasta regarme. Algo mareado, me serví la segunda y la degusté sou mach. Y la tercera, ya mareado del todo, me la gocé como si fuera la última copa que me fuera a beber. Y así fue.

Nevó en mí: la serenidad me embriagó (literal y figuradamente) al sentirme fresco y satisfecho. Cuando los ais se derritieron para tomarme el conchito, pedí la cuenta. Pasé mis 13 dólares con todo el gusto de un cliente feliz. La mesera pronunció un pausado “Dhirti”… plus taxes and tips”, y ahí sí que quedé frío: sin lonch y sin casi 39 dólares. Una sangría me había desangrado el bolsillo.

Pero nadie le quita lo bailado a uno. Esa maravillosa experiencia fue increíble para mí y hasta para ustedes, lectores, porque créanme: hay diferencia en la pronunshieshion (y en la economía) entre thirteen [thur te´en] y thirty [thúrtee]. Ahora saben la terrorífica pastusada que hice el somer pasado.

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