Un profesor Singular

Un profesor Singular

En la Universidad del Valle trabaja uno de los sujetos más singulares de la ciudad, el profesor Adolfo Montaño. Tal vez ni sus alumnos
saben que ha dedicado buena parte de su vida al estudio de la música del Quatroccento y formado parte de las principales agrupaciones corales de América; que tiene un número preocupante de novelas empezadas,escritas en un lenguaje que él califica de “gótico Preciosista” pero que en realidad configura un estilo febril, experimental y fallido; que sus cuadernos eran famosos en el colegio porque estaban llenos de viñetas iluminadas con finos trazos de plumas de pájaro; que inventó, cinco años antes que los caricaturistas polacos y diez años antes que los dibujantes japoneses, el comic erótico; que todas las mujeres –y algunos hombres– suspiran al ver pasar sus 194 centímetros de medieval belleza; que es, sexual y sorpresivamente, asceta (conozco una horda de cacorros y una turba de peluches que han tratado en vano de meterle el diente a Adolfo); que es el protagonista y el argumento de una novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño, “De los placeres y los días”; que no le son ajenos los secretos de la áspera música del griego ni los del solemne y conciso latín; que gastó muchos pares de tenis vagando por las calles de Cali con Andrés Caicedo, Edgar Collazos, William Ospina; que conoció al poeta Antonio Llanos en San Isidro, el deliródromo donde ambos pasaban una temporada; que alterna su cátedra de música en la Universidad del Valle con una vieja pasión por la botánica y los pájaros; que ha sembrado centenares de árboles en todas las montañas de Colombia.

(Aunque confiesa su debilidad por las especies exó-ticas, sobre todo por las plantas carnívoras, es un admirador rendido del coraje de las briznas de hierba que se asoman, épicas y nerviosas, por las grietas del asfalto).

Yo conocía algunos poemas que él había escrito en la edad de los tenis, entre ellos este madrigal que escribió para consolarse de una decepción amorosa y que dice así, con viril acento:

“Grand’es mi soledad a tu
partida/ y edecán el silencio la pervierte/
me hace desear la traicionera muerte/
cuando apenas empiezo a probar suerte/
en la fuente de soda de la vida./ Mas
me digo: no sufras, tonto, olvida./ No
complication. Out, dolor. Sé fuerte./
Mero accidente el conocido haberte”.

Existe también un soneto que canta el ataque de un sodomita a un apuesto muchacho. “De mis viñas vengo cuitado y dolido/ pues que tres señoras et un ragazzo1 he vido/ tan fermosas ellas e aquel tan garrido/ que de amores preso

1 Muchacho, en italiano. me siento rendido./ Tan iban loxanas cortejando al joven/ que ¡ca cielos! –me dije– los ángeles lloven/ y hacen que poetas y músicos troven/ qui me non viderunt Ludwig van Beethoven./ Díxeles –porque se fueran–: ‘Oh dueñas, corre el tiempo et vuela/ idas presto a casa y dejad la rochela/ que empieza ya casi la telenovela…’/ ¡Y se fue el ragazzo con ellas a verla./ De mis viñas vengo cuitado et dolido/ pues que tres señoras e un ragazzo he vido.”

La poesía que escribe ahora es más grave (los años y la guerra no pasan en vano). “Esa hoja de periódico que vuela/ al capricho del viento de la tarde/ es un pájaro errático/ heraldo de la muerte en los poblados/ cisne trágico/ con las alas impresas”.

Pero al voltear la página se sobrepone y estampa el único poema de vaqueros de la literatura colombiana.
El zarco vaquero/ de parda camisa/ doblao de la risa/ sacó su pistola/
y ¡BANG! sobre la ingrata tiró/y ¡Pum!: matóla”.

No contento con escribir con todo el castellano, Montaño salta goloso a los solares vecinos y roba palabras de otros idiomas; no se para en pelos a la hora de cometer plagios, audacias fonéticas o fracturas sintácticas, y está logrando así, como al desgaire, una obra feliz y musical, tejiendo una rochela verbal que seguramente León de Greiff habría aprobado enmarcando su pipa con una sonrisa.

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