Un santo Maldito

Un santo Maldito

Nadie ha escrito tantas bestialidades como Fernando Vallejo. Ni Vargas Vila y todos los nadaístas juntos escupieron tantas blasfemias como este paisa energúmeno. El Papa, Gabo, Vargas Vila, su mamá, Dios, las comillas, las cursivas, Alfonso López, César Gaviria, Cali, los sacerdotes, los médicos, la sociedad, Colombia y la humanidad entera son blancos frecuentes de su santa ira. De Gabo dijo que era el lameculos de Fidel Castro; de Vargas Vila, que parecía una momia apergaminada extraída de una olleta indígena; de Gaviria, que es una loca fea y arrevolverada; de López, que es un producto que el azar fraguó con una mezcla de semen y babas; del Papa, que es un travesti y que con gusto lo empalaría por salva sea la parte; de los médicos, que sólo han servido para desbarrancarnos, con la bendición de los curas, por el despeñadero de la eternidad.

¿Entonces por qué se lo considera el segundo escritor del país y por qué despierta más simpatías que el mismísimo Gabo? Por muchas razones. Porque sus blasfemias están escritas en un estilo fluido que oscila sin sobresaltos entre el coloquio y la literatura; porque sus obsesivas investigaciones sobre Silva y Barba Jacob nos dieron dos libros más reveladores de la historia de la crítica colombiana, Chapolas negras y El mensajero; por Logoi, la preceptiva literaria que ilustró con ejemplos espigados en siete lenguas; Por La tautología darwinista, ese inquietante torpedo contra la teoría de la selección natural, y por El manual de imposturología, ese sartal de blasfemias contra Newton, Einstein y Maxwel; y porque al leerlo sentimos que no estamos frente a un calígrafo sino ante un hombre que arriesga en cada línea, que se busca en cada página, que quisiera hacer de su obra un artefacto capaz de volar en pedazos un mundo que sólo le produce asco; y porque adivinamos en el fondo de su odio una ternura capaz de volver a juntar todos los pedazos. Cuando le dieron el premio Rómulo Gallegos a Vallejo, Óscar Collazos escribió: “El león que ruge es en el fondo un cordero extraviado de la manada, una conciencia bondadosa que se rebela contra las maldades de la especie”.

Hay que saber interpretar sus odios. Y sus blasfemias: un hombre que blasfema tanto contra Dios, debe ser creyente. A su manera. (“Dios existe, pero no sirve para un carajo”). Nadie odia unicornios, sirenas ni dragones. Odiamos seres reales, o seres que suponemos reales: los virus, las ratas, los zancudos. Vallejo no. Ama las ratas, los perros, los virus. (Es un biólogo desvelado).

No todo el mundo lo quiere, claro. Muchos lo consideran demasiado crudo. Que se le va la mano, dicen. Pero sobre todo, lo odian porque siempre está demostrando que la especie humana es el chancro negro del planeta azul. En La virgen de los sicarios, por ejemplo, demostró que en el fondo de cada colombiano hay un sicario acurrucado. ¡Fernando, por Dios, eso se puede pensar pero no se puede decir! (El asco de la sociedad ante el sicario se parece a la rabia de Calibán al descubrir su monstruosa cara en el espejo).

Hay que leer la novela que le valió el Rómulo Gallegos, El desbarrancadero, para ver cómo cuidó a Darío, el hermano que se le pudrió de Sida: lo afeitaba, le daba de comer, le limpiaba el fondillo, le recogía el vomito, le sostenía el bareto; hay que saber que otro hermano suyo recoge decenas de perros callejeros y los alimenta con el dinero de Fernando; hay que leerlo con la misma inocencia con que escribe para sentir cuanto le duele Colombia. Cuanto le duele el mundo.

Fernando Vallejo, es obvio, está loco. Loco de ira. Por eso echa espumarajos y vomita injurias con una frecuencia que ya empieza a cansar. Y loco de amores contrariados por la vida, por los muchachos, por las cursivas y hasta por el prójimo. Seguro Dios, crítico preclaro, ya comprendió que la obra de Vallejo es una plegaria rabiosa. De ahí esos atardeceres ruborizados de los últimos días.

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