Universidad abierta

Universidad abierta

El viernes de la semana pasada me encontré en una taberna con un amigo del colegio, ahora próspero rector de una universidad de medio pelo. El tipo departía con una viejota, la secretaria académica, según supe luego. A la altura del tercer whisky le pregunté por qué las universidades colombianas no ofrecían cursos de ciencias y humanidades para el gran público. El tipo me miró con impaciencia mal reprimida: “¿No te parece que si algo sobra hoy es información? ¿Creés que a punta de cursitos podemos arreglar el país?” Y antes de que yo pudiera responderle se volteó, le susurró algo al oído a su acompañante, quien sonrió deliciosa entre ruborizada y divertida, mientras yo miraba el cielorraso pensando lo fácil que era ser elocuente y sobrador con tres tragos encima y una mujer como ésa al lado en una noche de viernes.

Estoy parcialmente de acuerdo con él: nos sobra información, sí, pero nos falta seducción, pedagogía, universalidad: somos áridos y exhaustivos. Las universidades podrían hacer una gran labor de divulgación programando cursos muy breves de extensión cultural dirigidos a personas que tengan la curiosidad y los prerrequisitos necesarios para seguirlos. Cuántas personas no querrán saber de una vez por todas qué diablos es el colisionador de partículas, o en qué estriba el mérito de Van Gogh, o cuáles son los límites técnicos y las objeciones éticas que enfrenta la ingeniería genética. Son personas que han leído bastante pero los libros, ya lo advirtieron los antiguos, no responden a las preguntas que se les hacen. En un empujoncito de un tutor puede estar la diferencia entre el naufragio y la navegación feliz de esas personas indispensables para la civilización, los autodidactas.

Las ciencias modernas son clubes exclusivos a los que sólo podemos asomarnos por las ventanas. La medicina, la economía, la política, la filosofía y la semiótica presentan al intruso alambradas erizadas de fórmulas y jergas hostiles. Así tiene que ser, supongo, pero creo que se le puede brindar al legendario “hombre de la calle”, y en castellano sabroso, los puntos centrales de las teorías modernas y, lo que es quizá más importante, sus principales implicaciones: en qué nos afectan, cómo gravitan sobre nuestra cosmovisión, cómo nos modifican, qué nuevas posibilidades abren.

Esos abogados adictos a la música, esas amas de casa aficionadas a la literatura, esos médicos amantes de la física, esos sastres peritos en historia constituyen un capital social invaluable… y desperdiciado. Los ministerios de educación y de cultura y las entidades adscritas a ellos, las universidades y los departamentos de extensión cultural de las cajas de compensación pueden agruparse y ofrecer atractivos “paquetes” diseñados por escritores, artistas, académicos, publicistas y realizadores de televisión: qué tal “Newton, Paracelso y Gengis Khan”; o “Neoliberalismo, TLC y desarrollo sostenible”; o “Godel, Escher, Bach”; o “El chamán, el yagé y el sincronismo”; o “Parapolítica y chavismo”, tratados con claridad y poesía. Si el ser humano es capaz de entusiasmarse con vainas tan sosas como el matrimonio y el cigarrillo —hábitos por cierto contrarios a dos instintos básicos, el de la poligamia y el de conservación— ¿por qué no poner de moda el conocimiento, que sí obedece a una pulsión central de la especie?

El hombre contemporáneo —ese especialista— debe volver a ser universal en alguna medida; sólo así será capaz de establecer asociaciones inesperadas entre sucesos de esferas disímiles; de encontrar vasos comunicantes entre los ministerios y los negocios, entre los negocios y las artes, entre las artes y las ciencias; de especular de manera consistente y sensible sobre cosas graves o leves; de interactuar de verdad en los grupos interdisciplinarios.

Se me dirá que nada garantiza que siguiendo este programa tengamos a la vuelta de unos años un país mejor pero es claro que, siguiéndolo, antes de un semestre, cuando usted entre a una taberna cualquiera, la probabilidad de encontrar un parroquiano con quien sostener una conversación inteligente y apasionada será mucho más alta que hoy en día. Y un país donde haya muchos parroquianos así, será, qué duda cabe, mucho mejor que el que ahora tenemos.

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