Roa: Mr Bean haciendo de Churchill, Semanario 51

Roa: Mr Bean haciendo de Churchill, Semanario 51

ROA

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Alguna vez escuché a alguien comparar Roa, la película, con Los 3 Caínes.  Levantaba su puño, indignado, y se refería a Andi Baiz como un apologista del crimen y un vacuo conceptual. De inmediato me vi en la obligación de aclararle al atolondrado entusiasta que las víctimas directas de los hermanos Castaño aún viven en el país, que los huérfanos, casi todos, están obligados a lidiar con una reconstrucción benévola de la vida de los asesinos de sus padres, lo cual viene restarle valor a la vida de esa gente asesinada.

De entrada hay que desligar la película de Baiz de estas lógicas apologéticas. Su propuesta es claramente un recurso técnico, no una posición política. Baiz parece haberse preguntado: ¿Cómo contar esta historia siendo original? ¿Cómo alejarme por completo de la marcada tendencia documental de nuestros días? Como su estética es impecable y formal, le quedaba muy difícil romper por ese lado: había sido educado para ser un ortodoxo perfeccionista. Para experimentar hay que cagarla un poco y el hombre no estaba dispuesto a cambiar un modelo exitoso. Sin poder moverse por ese lado solucionó todo al arriesgar con el guion: veremos la historia desde la platea del villano, cuando hasta ese momento el tipo no pasaba de ser una figura mencionada en el pie de página de los diarios bipartidistas.

Algo en lo que tampoco se puede igualar su película con la serie transmitida por RCN: para el gran público Roa era una figura menor al lado de Gaitán. Se daba por sentado que si alguien se atrevía a documentar la historia, y a cinematografiarla, lo haría con la intención de exponer al público a la arrolladora personalidad del caudillo. Roa representaba, para Baiz, un fetiche rebelde, un tonto-litro que haría al que lo eligiera en un cineasta rebelde, que se pone del lado de los impopulares. Y eso contrastaría con su fotografía hiper-correcta. Para no entregar algo tan limpio, ahora que se ve bien introducir ruido en todo producto artístico. Un gesto que cualquier esquizofrénico con un sano gusto por lo sutil le agradecerá eternamente.

Así, Baiz deja de lado al gran personaje para centrarse en el outsider. El mismo que ni siquiera alcanzó a vivir sus cinco minutos de fama, porque la fama dura lo que uno y al tipo lo mataron en menos de cinco minutos. En su película, Baiz dibuja a un Gaitán que se esconde, que no promete nada y del que uno sólo puede esperar algo de emoción, cuando está a poco de ser asesinado.

Metiéndonos de cabeza en el casting, algo que este crítico en particular encuentra difícil de tragar es ver  a Santiago Rodríguez interpretando a Gaitán. Algunos sabrán de qué hablo, si alguna vez vieron Malcolm in the middle y ahora ven Breaking bad.

Notable efecto tiene la carrera previa de un actor en términos del juicio que uno puede hacer de su desempeño. Mientras veía su performance no podía dejar de relacionarlo con su papel en Casados con hijos, versión colombiana, con sus chistes muecos, con un discurso diseñado para pasar las tardes del domingo con los tíos, apostando monedas en el dominó.

Es cierto, Jim Carrey dio un importante salto de la desprevenida comedia del gag idiota a la deconstrucción psiquiátrica de Eternal Sunshine of the spotless mind.  Pasando con maestría de la comedia al drama. Aun así, incluso si confesara que todo se debe a un prejuicio infantil de mi parte, uno sólo tiene una primera vez con una película, y no me gustó gastarla tratando de quitarle mentalmente la peluca a un Rodríguez al que me negaba a aceptar como un político serio.

Es de aplaudir el recurso de haber contado la historia desde el villano. Pero ni Santiago Rodríguez, ni un guion pensado para hacerse el interesante ignorando al protagonista  ayudan a que uno pueda resolver las dudas más importantes que planteaba la imagen borrosa de un hombre cuya muerte dio paso a un periodo de violencia que llega hasta hoy.

Por Carlos Buendía

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