#Reseña Luminocidio: Asistente en dos actos

#Reseña Luminocidio: Asistente en dos actos

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8pm; se abren las puertas para la primera función de la noche.

Empieza la experiencia, el escenario está dispuesto de forma que el público queda alrededor de éste, no al frente, así que los asistentes se detienen y estudian unos segundos el mejor ángulo para sentarse; cuatro paredes de tul negro hacen el papel de división entre la obra y el mundo externo. Una gotera, una luz tenue, sillas distintas tiradas por el espacio que se ve taciturno y abandonado, uno puede sentir que todo está cuidadosamente puesto. Empieza a sonar el poema sinfónico de Saint-Saëns “Danza macabra”, el ambiente hace que la escenografía termine siendo en sí misma casi una manifestación de arte conceptual.

El primero en entrar es Daniel el terapeuta, a su ingreso el público enmudece, Daniel interactúa con el espacio hasta que la sinfonía llega a su fin, los demás personajes se abren  a su tiempo paso por entre el público, la hermana Pilar una monja, Guillermo un metalero, Federico y María una pareja, todos nictofóbicos, el lenguaje no se limita a lo verbal, las acciones son precisas, naturales, dicientes, el humor está mayormente en los detalles, es una pieza teatral en la que se tiene que ser un observador acucioso. No sólo se nos presenta la obra en términos generales sino cada uno de los personajes que sucede todo el tiempo, el texto no es el protagonista es parte de los acontecimientos que como espectador uno debe disfrutar con ojo agudo y humor negro.

De repente uno se ve envuelto en la obscuridad que emana de los personajes, situaciones intensas llenas de demonios, la condición humana tácita, eso umbrátil y espontáneo que nos hace ser. A veces la gente no ríe, adopta esa postura tímida de quien se condena por los pecados de otros, los actores son hábiles para sacar al público de su zona de confort, gestos mínimos que se engrandecen, explosiones que te dejan frío, situaciones inverosímiles demasiado cercanas a lo real, entonces el público ríe y los personajes se destruyen a sí mismos para destruir también su miedo.

10pm. segunda función de la noche, esta vez me siento en un ángulo diferente.

La obra es la misma, cuatro bombillos, sillas, una gotera, “Danza macabra”. Sin embargo hay un cambio drástico, el sentarse en otra de las caras del  cuadrilátero de tul negro permite disfrutar de una forma distinta la obra, entonces uno percibe detalles diferentes, ríe por otros sucesos de las mismas situaciones, se enfoca en otros personajes y de esta manera percibe el microcosmos de Luminocidio como si fuese la primera vez que lo presencia.

Si hubiese tenido la oportunidad de ver esa obra cuatro veces en una noche lo hubiese hecho, cada una desde un ángulo distinto; estoy convencida de que todas serían experiencias separadas. El director Mauricio Iragorri quien es también creador y guionista ha hecho un trabajo maravilloso y profundo ahondando en la psiquis humana, en ese lado inherente y obscuro de nuestra existencia, plagado de temores sillas esparcidas por el espacio y goteras, del cual reírse es otra forma de aceptar que está presente en todos nosotros.

Concluyo diciendo que me es inevitable pensar que quienes asistan a esta obra seguramente llegarán a sus casas y dudarán unos segundos antes de apagar las luces para dormir, al fin y al cabo todos somos de cierta forma nictofóbicos, aunque la obscuridad a la que le temamos sea esa que va de la piel hacia dentro.

 

Reseña realizada por Maria Luisa Marmolejo  @SoyMariaLu

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