¡A beber y a gozar!

¡A beber y a gozar!

Bebemos por despecho y brindamos por nuevos amores, nos emborrachamos porque necesitamos ver bonito lo que es feo.

Bebemos por despecho y brindamos por nuevos amores, nos podrimos en la cerveza y en el guaro porque ganó nuestro equipo, nos jeteamos porque es jueves o viernes o sábado o domingo, nos volvemos mierda porque pasamos el semestre o porque nos lo cagamos, nos  emborrachamos porque necesitamos ver bonito lo que es feo,  nos prendemos porque hay que celebrar así no se sepa qué, porque no hay nada más que hacer, porque llegó un amigo o porque otro se fue, porque hay que rematar, porque ¡hay que beber y gozar!

Cualquier excusa cae de perlas para ir por unos tragos. El calor de esta ciudad infernal nos conduce naturalmente a la cerveza, a soñarla volando con otras cervecitas heladas y sonrientes que nos dicen con picardía “tómanos, somos tuyas”; nos llevan a desearlas y a angustiarnos porque no están ahí con nosotros todavía, y nuestro amor por ellas crece y crece a medida que nos las imaginamos frías y refrescantes. ¡Cuanta ilusión! ¡Cuánta ternura se puede sentir por una pola en un día de treinta y siete grados! Y uno dice “¡qué calor tan hijueputa! Necesito una cerveza.” Y al momento ya se anda con un bigote de espuma y soltando eructos de satisfacción, porque un suspiro cervecero es un buen y desgarrador eructo. Pasa una y vienen las demás, y uno las recibe con cariño, seguro de que encontraron un buen lugar donde quedarse.

Los demás tragos no se quedan atrás, particularmente el guaro. “Que la U está muy pesada” ¡vamos por guaro!, “que la casa está sola” ¡vamos por guaro!, “te presento a mi prima” ¡vamos por guaro!, “que me encontré una caleta” ¡vamos por guaro! Y así con cualquier cosa que de pie para festejar u olvidar. Somos, bebedores y borrachos, aprendimos desde chiquitos y ahora nos saboreamos de sólo pensar en lo que nos depara la noche, noches llenas de alcohol y locura, que para eso sí sirve tomar como degenerados, para aflojar las defensas, para hacer lo que jamás se haría estando sobrios, como dar abrazos a todo el que se atraviese y decirle “te amo”; reírse de los peores chistes, tirarle los perros a todas las mujeres a la vista, y las mujeres, para hacer lo que les impide normalmente el pudor y su machismo, y más y más…

Al final, beber ya ni siquiera necesita justificación, porque aparentemente es el camino más corto hacia la “hermandad” y la “alegría”. No creo que se piense en aplastar neuronas o en autodestrucción cuando se toma, porque aquí, en esta ciudad parrandera y bulliciosa, el alcohol es pura efervescencia y comunión. Cómo será, que cuando uno está eufórico y feliz, piensan inmediatamente que uno está llevado del putas y preguntan estúpidamente,  que si uno ya está prendo, que qué es lo que nos pasa, y uno les responde que no, y ellos, por supuesto, no lo pueden creer. Pero bueno, qué más da, de todas formas siempre va llegar el momento de ¡beber y de gozar! Así somos y así seguiremos siendo.

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