¿Se están rajando los profesores?

¿Se están rajando los profesores?

Foto: Johanna Gore - EL CLAVO

¿Alguien se pregunta qué sucede con las evaluaciones periódicas que hacen los alumnos de las Universidades  sobre los profesores que les dictan las diferentes cátedras?

No pasa nada. Esas evaluaciones están diseñadas para ser un fracaso total. El estudiante no tiene conciencia de su importancia y la universidad simplemente cumple con un requisito del Ministerio de Educación, tabulan los resultados, mandan los informes con copia a la hoja de vida del profesor y sanseacabó.

Cada tanto llega al salón el encargado de realizarlas y uno ve cómo los alumnos van llenando las casillas sin leer siquiera las preguntas, se levantan de la silla, meten la evaluación al sobre y salen del salón a fumar, a tomarse un café, a dar una vueltita por ahí, etc. No importa el resultado, las evaluaciones no miden si el profesor sirve o no para la docencia. ¿Cuándo han reemplazado un profesor porque su evaluación no cumple con las expectativas de los alumnos o de la Universidad? De hecho cuando algún profesor renuncia – al parecer, igual que a los Ministros, jamás los echan – siempre tiene plaza en otra universidad.

El problema de fondo está en la selección que hacen las Universidades de sus docentes. Los hay muy buenos pero siempre hay profesores pésimos que continúan per secula seculorum dictando la misma cátedra cada semestre y los alumnos haciendo cábalas para pasárselo por la galleta porque el objetivo es pasar esa materia y no precisamente aprendiendo. En ocasiones las directivas ni siquiera se enteran de que un profesor es pésimo hasta que algún “sapo” le da por aventarlo cuando aparece un problema “delicado”. El problema “delicado” puede ir desde una rajada por simple déficit de empatía, hasta una manoseadita a cambio de una nota. El “sapo” resulta siendo el que denuncia. Entonces es la palabra del profesor contra la del alumno y el resto de la clase guarda silencio, siempre y cuando su nota no se vea afectada. Hablan los que la llevan perdida y en ese caso la defensa del profesor no se hace esperar: ¿Cómo le van a creer a Gutiérrez si durante todo el semestre no ha superado el 1.8 del primer parcial? Ese mismo profesor durante 5 años, o sea 10 semestres ha sido evaluado periódicamente y su calificación ha sido siempre excelente.

Esto pasa porque los alumnos no deberían ser los encargados de evaluar desempeño del profesorado. No tienen el conocimiento ni las capacidades para hacerlo. Esa responsabilidad debe estar en manos de las Instituciones Educativas que a su vez parecen no entender qué hace realmente bueno a un profesor.
Un buen profesor no es el que más sabe ni el que más títulos tiene en su haber. Tampoco el que menos tiene, aunque se la lleve de maravilla con los alumnos porque los deja prender el pucho en clase. ¡No señores! Un buen profesor ante todo debe ser un buen pedagogo. Por más profesional exitoso que sea, el individuo puede no saber enseñar porque en su vida jamás le ha dado a nadie una clase ni para encender una licuadora y necesita un curso – aunque sea virtual – para aprender a enseñar todo lo que sabe antes de lanzarse al ruedo. El éxito profesional tal vez le sirva para dar charlas eventuales pero no para enseñar.

Un profesor excelente es aquel capaz de despertar en los alumnos el deseo de aprender, es decir, aquel capaz de trasmitir a sus discípulos tal pasión que éstos a su vez no se queden con la nota al final del semestre para archivar lo aprendido en algún sector inactivo del disco duro sino que sientan la necesidad de complementar el aprendizaje teórico que da la Academia con un aprendizaje práctico que en definitiva es el que realmente les va a servir en su vida profesional. El profesor que no logra ese cometido que busque otro quehacer, bien lejos del Alma Mater.

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