Celos malditos celos

Celos malditos celos

Los celos hacia el interior de la familia son una pérdida de tiempo y energía. Conclusión a la que se llega después de muchos años, cuando ya ni siquiera convivimos con nuestros padres o hermanos y entendemos que por más cercano que sea el vínculo, celos2por más fuerte e incondicional que sea el amor de nuestros padres, siempre habrá un hermano mayor que se ganó el amor de los padres primero que uno (o simplemente es un bacán que le cae mejor a todo el mundo), una hermana menor débil y conflictiva  que necesita más atención (o simplemente que le gusta llamar la atención de manera negativa porque aprendió rápidamente que ser oveja negra era más fácil), un padre que puede ser mejor padre que marido y una madre que siempre ponga a los hijos por encima de su relación de pareja porque se supone que eso la convierte en buena madre automáticamente.

Sigmund Freud, el médico neurólogo más conocido como el padre del Psicoanálisis y autor de “La interpretación de los sueños”, describe los celos como “uno de esos estados afectivos, como la tristeza, que hemos de considerar normales”. O como quien dice: si uno no experimenta celos cuando una relación importante está siendo amenazada, hay algo en uno que no está del todo bien. Pero seamos realistas, Freud no era precisamente el más cuerdo de los tipos como para dar por verdad absoluta que una dosis moderada de celos sea normal.

Los psicólogos de la escuela del psicoanálisis siguen consultando los estudios freudianos y más cuando los celos se presentan dentro del núcleo familiar. Eso sí le encantaba a Freud: Edipos, Electras y demás complejos siempre que puedan darle una connotación sexual a la relación del individuo con sus parientes en primer grado de consanguinidad. O sea, todo lo que le huele a incesto.

Ahora bien, digamos que una madre puede sentir celos de la forma como su esposo es amoroso detallista y entregado con su hija. Lejos de ser una aberración, es la manera como esa mujer siente una amenaza latente de que ese hombre pueda amar más a su hija que a ella. Porque la química corporal y el cerebro no son capaces de diferenciar el amor filial del amor sexual. La diferencia la reconoce el control social: “¿Cómo voy a sentir celos de mi hija si su padre la ama de manera diferente a como me ama a mí?” Esa pregunta es hecha desde el control social, pero la emoción conocida como “celos” es una respuesta primaria y química. Instintiva, para ser exactos.

Los celos entre hermanos podrían dar al traste con la idea anterior, sin embargo, de acuerdo con el mismo Freud, el primer amor de cada ser humano es su madre y la rivalidad entre hermanos por el afecto de esa mujer es natural.

Convengamos que los celos como emoción están asociados al amor, de la naturaleza que éste sea y a la posibilidad de perder de una u otra forma al objeto de nuestro afecto: madre, padre, hermanos, pareja, jefe… ¿jefe? Sí, claro, la necesidad de aprobación por parte de una figura de autoridad puede desencadenar los malditos celos.

Los celos pueden ser una simple rivalidad natural y moderada o un obstáculo para relacionarnos. Lo grave, para deleite de Freud, es que en algunas ocasiones pueden propiciar una tragedia.

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