Cuando vi una mujer desnuda por primera vez

Cuando vi una mujer desnuda por primera vez

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Mi mamá me mandó a recoger la ropa de las cuerdas del lavadero. “¡Rápido, mijo, que empezó a llover!”. Eran casi las once de la noche y el mandado (mandato) se convertía en una tortura. Las gotas sonaban en las ventanas y subí a la terraza refunfuñando por el frío tan tenaz que hacía. Ya arriba, comencé a cargar sábanas, toallas y todo lo demás. A punto de bajar escuché decir “¡Y los tenis suyos… que están en el muro del vecino!”. Suerte la mía que el bombillo estaba malo y el aguacero se había desencadenado. Así que a oscuras comencé a buscar mis zapatos para el colegio.

Efectivamente los encontré, y también una ventana sin cortina alguna a unos 11 metros de distancia. Fue una escena fugaz como las de El Club de la Pelea: una bonita pelada en ropa interior color blanco se ponía su camisa de dormir. La imagen no duró más de dos segundos y ahí estaba yo, mojado, congelado, asombrado. Enseguida salió del cuarto y fue el final de la toma 1.

Nunca la había visto. El uniforme que había dejado sobre la cama era de otro colegio, donde mi amigo José estudiaba en grado once, tres años por encima de mí, y le pregunté si conocía a alguna compañera suya o no que viviera en la cuadra anterior a la mía. Me dijo que sí, que Andrea, de su salón. Y como buen amigo, le confié mi secreto.

Allí estábamos los dos aguantando frío desde las ocho de la noche. Mi perro no dejaba de ladrar. Se hicieron las diez y pico cuando esa lejana ventana se iluminó. Ella entró y comenzó a desvestirse lentamente. Se quitó el suéter, los zapatos… se levantó de un tajo la jardinera a cuadros, se desabrochó la blusa y luego el sostén, quedando en una diminuta tanga blanca. Caminó así un tiempo buscando algo y luego se puso su corta pijama y apagó la luz dando fin a la toma 2.

José me llamó al día siguiente en la tarde para decirme que Andrea me exigía que la dejara de espiar. Que si lo volvía a hacer me iba a denunciar con las autoridades. El muy miserable le contó sin decirle que él también la vio. A mis trece años no sabía en qué pensar primero: si en las consecuencias de una denuncia o en la traición de un amigo.

Esa misma noche las cortinas se cerraron. Con José le mandé mis disculpas, pero sólo me había respondido con un madrazo. A la semana siguiente, estando yo con mi amigo, ella pasó. Era preciosa al verla de frente, de cerca, a pesar de estar vestida. En sus dedos leí una señal de su evidente disgusto. Fue la última toma de mi película XXX.

Después de tanto tiempo esa escena, la de sus dedos, se ha repetido al toparnos ocasionalmente cuando viene de vacaciones desde Canadá. No sé cuándo dejará de hacerlo, pues ya no vive ahí y han pasado más de 15 años, los mismos sin que haya dejado de saludar a José de vez en cuando.

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