¡Dejen de ser tan sapos!

¡Dejen de ser tan sapos!

Miércoles 2:00pm. Llega uno a la U muriéndose del calor, sudando como un chivo y oliendo como un domador de leones después de haberse atravesado media ciudad para entregar un trabajo. El profesor recibe las hojas un poquito arrugadas como temiendo que pudiera contagiarse de alguna pavorosa peste medieval si las toca por más de 500 milisegundos. Uno se pregunta qué puede haber causado ese frío recibimiento de parte del profesor (claro, además del olor y la pinta de mochilero francés) cuando ve al culpable:

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Ilustración: Diana Delgado - EL CLAVO

Ahí, sentadote, en primera fila junto al escritorio del profesor está el sapo de Industrial. El tipo no sólo es pinta y estudió en colegio trilingüe, sino que además vive a dos cuadras de la universidad y llega en carro, recién bañadito y perfumado después de la siesta. Su trabajo obviamente está primorosamente impreso en láser a color y en una carpeta (que uno no tuvo tiempo de comprar para su trabajo porque a duras penas acabó de imprimirlo) sobre el escritorio del profesor, y uno quisiera teletransportarse como el protagonista de Jumper para dejar de hacer el oso.

Cuando uno por fin deja atrás al batracio de Industrial que lo hizo quedar como un cavernícola descuidado los primeros semestres, resulta que las pocas niñas bonitas que entraron a estudiar Ingeniería de Sistemas con uno se pasan a Industrial o Administración. Ahora la competencia por la atención de los profesores se pone más dura porque las feas que quedaron (que no tienen nada más qué hacer fuera de estudiar) hacen que uno deba esforzarse el triple para que no lo consideren un huérfano paquistaní que sufre las secuelas de la desnutrición infantil. No importa qué tan brillante sea uno participando en clase o qué tan maravilloso sea sus proyectos de semestre, siempre se está temiendo que sean las feas o los ñoños quienes se lleven las felicitaciones del profesor. Aquí ya no se trata de pura y simple envidia… ya se siente es el terrible aguijón de los celos.

Pero cuando uno sale de la universidad la cosa puede empeorar si preciso a uno le toca una jefa bonita, inteligente, encantadora… Uno no sólo trabaja duro como todo primíparo para ganarse el sueldo y conservar el empleo, sino que además corre a mostrarle a la jefa cada pequeño avance que hace en el proyecto que le encomendó con actitud de “mamá, salí en TV, estoy triunfando”, esperando la palmadita en el hombro y la felicitación en público. Empieza a dirigir miradas asesinas a sus compañeros de equipo cada vez que dicen una buena idea en las reuniones, o les oculta información para que la embarren y lograr así que las sonrisas de la jefa sean todas para uno.

Entonces el ambiente se pone tan pesado que tiene que intervenir Recursos Humanos. En medio de la dinámica de grupo liderada por la psicóloga de la empresa ya uno está maquinando en su mente cómo pasar al sabotaje descarado (un virus en el computador del vecino, cambiar la hora de la reunión en el Outlook del otro vecino para que llegue tarde). Si a pesar del aura de Señor Burns que uno debe estar proyectando en esas sesiones la psicóloga logra que uno deje de ver a los demás como una amenaza, puede darse cuenta de que “todos somos parte de un equipo”, que “hay que buscar siempre las situaciones ganar-ganar” o que “la inseguridad y baja autoestima son el origen de los celos profesionales”.

Pero entonces resulta que mientras uno se pasó varios años haciendo todo este duro trabajo de reflexión y madurez profesional, se da cuenta de que el sapo de Industrial que lo hacía quedar como un zapato en los primeros semestres de la carrera estuvo estudiando un MBA en Boston y… ¡ahora llegó para ser su nuevo compañero de trabajo!

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