DMG S.A.

DMG S.A.

Foto:Raquel Muñoz - El Clavo

¿Le sacaría de la alcancía con tapa las monedas de $500 que su hermanito está ahorrando? ¿Le devolvería a su papá el billete de $10.000 que se encontró bajo el asiento lavando el carro? ¿Compartiría con el chofer lo que haya en la cartera que se le quedó al pasajero anterior en el taxi? ¿En qué se va a gastar lo que le ganó a la empresa de ese negocio con el proveedor?
Nos consideramos ‘unos duros’ cuando abusamos de la credibilidad del otro, cuando no nos pillan, cuando callamos nuestros pecados y cuando gozamos ‘solitos’ de lo que conseguimos. Nos sentimos más colombianos cuando ‘la sacamos del estadio’ y presumimos ante Dios que ni siquiera Él se dio cuenta de nuestra ‘jugada maestra’.
Lo que importa es nuestro bien, el de nuestro bolsillo… el bien de nuestro mal, el de nuestras tacañas ambiciones, generosas envidias y tremendos vacíos intelectuales. ¿Los demás? “¡Suerte! ¡Por bobos!”
La mitad del mundo vive de la otra mitad. ¿Y cómo es esa vida? Se resume en dos palabras maravillosas para nuestros oídos: la primera es “fácil”, que excita como un rayo la pereza del cuerpo; y la segunda “rápido”, que divierte como cosquillas la comodidad de nuestras mentes.

Y como tenemos buenas excusas (verdaderas razones, mejor) de que no hay oportunidades de empleo, que los bancos ponen infinitas trabas para otorgar un crédito, que la justicia social está llena de todo tipo de discriminación, y que los sueldos de las empresas son una miseria mensual, pues hay que encontrar maneras non sanctas de conseguir y/o mantener unos pesos en nuestras manos. Y no importa ensuciárnoslas, porque habrá alguien más que lo haga por nosotros: ¡también nos podemos encargar de ello!
Con esto justificamos el robar. Para qué trabajar, para qué ahorrar si los demás ya tienen la plata que yo no. Es simple aunque sea a la brava: “¡Quitémosela! ¡Que la compartan!”. Y ahí le ponemos arandelas a nuestros fines, que son más altruistas que nuestros medios: “es que es por mi familia”, por ejemplo. El ratero de la calle, el que es tan cobarde como para usar un arma y quitarnos nuestras pertenencias, es el más canalla de todos, es indudable. Si ciertamente utilizara ese dinero para la leche del bebé que lo espera en las manos de su mujer enferma, uno estaría dando limosna prácticamente, haciéndole un favor. Pero como lo que va a hacer es beber sin fondo, comprarse los zapatos de moda, fumarse algo más que un cigarrillo, acostarse con la puta más cara, pues eso sí que da más rabia que el mismo robo. Lo que no cuesta se vuelve fiesta.
Pero no lejos de su estatus degradante nos encontramos nosotros, esperando que alguien nos brinde la ocasión de volvernos ladrones pero con un argumento casi legal: “¡quién los manda a dar papaya!”.
Esa es nuestra idiosincrasia, la que nos justifica porque los demás lo hacen y seríamos bobos si no lo hacemos, porque “quién se va a dar cuenta”, porque es fácil y rápido, porque… cualquier ‘meimportaunculo’ cosa.
¿Qué más podemos pedir? Plata: ¡eso es lo que vale!

Comments

comments