El amor engorda

El amor engorda

Aparte de tiempo, lo que más comparten dos enamorados es la comida. Y no sólo la que se hace en la cama, asumiendo roles de caníbales al “comerse” el uno al otro, y viceversa.

Toda relación incluye, en algún momento, un helado, una pizza, un pollo asado, un sancocho de paseo, un asado familiar, una pasta preparada por ella, un desayuno preparado por él, y así sucesivamente por el tiempo que estén juntos. La conexión del estómago con el corazón es directa.
Pero así como en un almuerzo dominguero, repetir un plato de bandeja paisa nos puede hacer pasar (y a los demás también) momentos incómodos, los excesos de amor alimenticio también pueden traer consecuencias nocivas para la salud. Y el caso que sigue, de la vida real, es ejemplo de ello.

Ella amaba a su esposo a todo dar y él la consideraba la mujer ideal. La suegra de ella refunfuñaba de su nuera más de lo normal, porque algo le advertía, ese instinto de mamá, que esa mujer no le convenía a su hijo. Al cabo de unos años y por motivo de trabajo tuvieron que trasladarse a otra ciudad, donde comenzaron a vivir su matrimonio lejos de los ojos de ella.

Luego de un tiempo y por una que otra irregularidad en la monotonía de la pareja, la esposa comenzó a sospechar, equivocadamente, de la fidelidad de su esposo. Así que decidió ejecutar un plan infalible para retenerlo. Su estrategia de guerra se basaba en el viejo y conocido refrán: “a barriga llena, corazón contento”.

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Ilustración: Willington Giraldo - EL CLAVO

Y como “al hombre se le conquista por el estómago”, sus expresiones de cariño se vieron reflejadas en la mesa: postres, platos especiales, dobles porciones, pruebitas de las ollas, repeticiones merecidas, calentado de lo que sea, medias nueves, dieces, onces, doces… Y así, su querido “gordito” fue convirtiéndose en un gordo descomunal, pero como había prometido ante Dios quererlo también con sus defectos, pues ella siguió queriéndolo como ahora era, sin descuidar su macabra idea: alejarlo de los ojos, abrazos, besos y cuerpos de cualquier otra mujer que pretendiera quitárselo. Claro, quién se iba a meter con tremenda mole de grasa. Lejos de lo cruel que resulta el plan, funciona porque funciona.

Un día su mamá fue a visitarlos y se encontró con una imagen boteresca de su hijo: obeso, enfermo, lento y perezoso. Sus 133 kilogramos eran puro amor para su esposa, pero un atentado a los ojos de su suegra. El último día de la visita, la suegra hizo un comentario por el cuidado de la barriga de su hijo, y la situación terminó en discusión. Entre lágrimas, ella aceptó que lo hizo adrede por los celos que sentía por otras mujeres que acechaban a su esposo.

El tipo le hizo caso a su mamá y juiciosamente siguió una dieta medicada. La tensión entre los esposos se hizo inmanejable, y los cuidados de amor ya eran sospechosos. Al cabo de unos kilos menos se separaron, y la suegra recuperó a su hijo.
El amor con hambre no dura, pero el satisfacerla tampoco asegura que perdure para siempre. Cuestión de equilibrio.

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