El goterero

Parecía hipnotizar a los demás con su inseparable quena, pues sus palabras confundían hasta al más avaro integrante que cumplía con su aporte para la factura total.

Años atrás Carlos “El mocho” Sánchez protagonizaba uno de los sketches más recordados del programa Sábados Felices. Disfrazado como Apache, entraba a un concurrido bar en busca de un gringo maluco a quien pudiera sonsacarle alguna copa de whiskey gratis. El personaje, representado por Enrique Colavizza, siempre caía en la trampa del indio abusador, y al final pagaba por todos los tragos que se autopatrocinaba con una intrincada estrategia: distorsionar el mensaje original del cowboy por una falsa invitación a beber.

Una comedia alejada de la realidad, pensaba yo. Pero hace pocos años la conocí de cerca con un compañero del entonces Periódico El Clavo, a quien llamaré prudentemente Diego L.; o para no hacerlo evidente, mejor lo llamaré D. Lozano. No necesitaba mayor disfraz para bien comer o bien beber gratis cuando todo el grupo claviano celebraba alguna reunión. De por sí gordo, disfrutaba con los demás todo lo que en la mesa estuviera servido con otra disimulada estrategia: pagar la cuenta. ¡Pagaba la cuenta!

Parecía hipnotizar a los demás con su inseparable quena, pues sus palabras confundían hasta al más avaro integrante que cumplía con su aporte para la factura total. Él se encargaba de recoger el dinero de los asistentes al final de la noche y de su iniciativa sacaba inteligente provecho. Al comenzar el cruce de billetes y entregar el cambio correspondiente a cada quien, siempre sobraba plata, un superávit capaz de costear su parte.

Por ejemplo, más de un tacaño se quedaba esperando los $850 que le sobraban de su billete de $10000. En una salida de 11 personas, incluyendo a nuestro Apache, su aporte estaba asegurado. Era una operación fácilmente predecible pero que también necesitaba suerte: suerte para sacar tanto lo de la factura como lo de la propina como también lo del transporte de él. Era impresionante. Siempre lograba canalearse todas las salidas de El Clavo, en una época en que los canjes comerciales consumibles eran (y siguen siendo) un sueño.

Su buen humor y la buena amistad le favorecían esta marranada. Los que sabíamos de su jugada procurábamos pagar los $9150 del ejemplo, pero difícilmente se tenía el valor exacto, así que por $50 o $200 que sobraban, él pagaba casi o la totalidad de su parte. Pero nunca nadie le reclamó por su habilidad con la sinergia: la suma de las partes será distinta al todo. Hasta ahora, cuando le reclamo todavía mis $500 para un cigarrillo que prometió pagarme en media hora hace ya siete años.

A él y a todo pato, le dedico esta canción de Agustín Bedoya, que en una estrofa dice:

“Esos cristianos se conocen a las leguas,
porque son desesperados cuando ven una cerveza,
Sin conocerlo le saludan que ‘¡mi hermano!’,
‘¿cómo está don caballero?’,
y se le sientan a la mesa”.

Y en las nuevas generaciones de la Revista El Clavo no dejarán de existir los gotereros, permanentes u ocasionales como yo. Ya quisiera yo cantar algún día el coro de la misma canción, “Tranquilo hermano, que aquí no hay goterero”, pero como decía el comercial de Chocolate Luker: “hay cosas que nunca cambian”.

Comments

comments