El Presidente

El Presidente

Ilustración por: Juan Pablo Solarte

En una silla de algarrobo estaba sentado el presidente del equipo de fútbol. Recién había apagado su móvil y esperaba ansioso una llamada al teléfono de su oficina. “Ring-ring”, sonó. El presidente contestó exhalando con fuerza y se frotó la calva con la mano derecha. No pronunció una sola palabra, asintió con la cabeza y profirió un sonido afirmativo. Colgó la bocina en el soporte y miró a la puerta. El entrenador del equipo de fútbol, un negro de estatura mediana, la abrió. Sonriendo, lo saludó:

-Buenas noches, señor Camargo.

El presidente lo vio acercarse al escritorio y no parpadeó hasta que el entrenador se sentó en la silla de enfrente. Sacó un cigarrillo del bolsillo de su camisa manga larga y lo prendió con un fósforo.

-Vi jugar a su hijo en el partido de reservas— opinó el entrenador, todavía sonriendo— y créame que pinta pa grande.

-No pude ir a la cancha, pero Sánchez me dijo que marcó el gol del empate.

-Ese muchacho anda bien, le doy seis meses para que lo llamen a la Selección Nacional de menores.

El humo del cigarrillo se esparció por toda la oficina. Las enormes vitrinas donde estaban los trofeos del 86 llevaban más de 20 años sin abrirse. La última vez que el equipo obtuvo un galardón fue en el abolido torneo panamericano que se organizaba anualmente en Cali. Con un director técnico argentino ganaron ese certamen de poca trascendencia; el capitán que recibió el premio dijo que la copa no pesaba nada, que era del mismo aluminio con que fabricaban las ollas para cocinar.

-Rodríguez, mejor cuénteme cómo le fue al equipo en el partido de hoy— dijo el presidente. Cada que se llevaba el cigarrillo a la boca, fruncía el ceño.

El director técnico montó la pierna izquierda encima de la derecha. Con las uñas de los dedos se rascó el cuello y por un instante observó la foto ampliada del equipo glorioso de los setentas. Cuando volvió los ojos hacia el presidente, dio un suspiro, dejó de rascarse el cuello y movió la cabeza de un lado a otro. Su sonrisa permanecía quieta y tragó saliva antes de decir:

-Silva, el reemplazante del expulsado Asprilla, no desentonó con Valencia —utilizó las manos para explicar—. En el mediocampo los muchachos se pararon bien; la línea de cuatro funcionó mejor que en el cotejo pasado. Los carrileros desbordaron por sus respectivas puntas y la contención distribuyó el esférico como yo quería. Los laterales pudieron salir lo suficiente para crear opciones de peligro. Mosquera, por fin, no fue amonestado. Marcó bien a su diez. El nueve, el máximo artillero del semestre, cortó la racha goleadora porque nuestros centrales se hicieron sentir más que nunca. En líneas generales, el equipo hizo la marca que tanto practicamos durante la semana. En el contragolpe atacamos sin descuidar la línea defensiva. El arquero de ellos se lució: atajó cuatro remates a quemarropa, tres tiros libres y tocó con la yema de los dedos una bola que terminó estrellándose en el travesaño. Desafortunadamente, Jiménez desperdició las opciones más claras del encuentro y Betancourt, en el arco, no tuvo mucho trabajo, pues poco nos llegaron.
El cigarrillo no había llegado a la mitad y el presidente lo apagó en un cenicero de vidrio. Convencido del buen trabajo del equipo, se llevó la mano derecha a la calva y se sintió tranquilo, como si hubiera aprobado un duro examen. “¡Por fin ganamos!”, pensó y le brillaron los ojos al preguntar:

-¿Y cuánto quedó el partido?

Rodríguez, sin borrar la sonrisa habitual, puso la pierna izquierda en el piso y, con la misma confianza que lo caracterizaba, respondió:

-Perdimos uno a cero.

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