Eres despreciable

Eres despreciable

“Muchachos, acabo de echarme ocho y sin sacarlo” seguido de “¿Quién es tu papi? Estoy que me echo otros más”.

Maldita sea la hora y el momento en que Dios, Buda, Yahvé, Urano, Satanás o el que sea que haya creado el universo y al ser humano y todas las especies creó al PATO. Pero no al animalito plumífero, porque ese es hasta bonito, sino a la bestia de ser humano que se las da de mucho, que arma parches y que a la hora de la verdad sale con un chorro de babas del tamaño del río Amazonas. La verdad es que no sé por qué los odio tanto, no sé por qué los detesto y lo peor es que entre más gente conozco (últimamente), más de ellos son patos. ¿Acaso está de moda ser pato? Les comparto mi tragedia:

Un día común y corriente me encontraba sentado tomando unas cuantas cervezas con unos buenos amigos, cuando sin previo aviso se acercó a nosotros uno de los mayores ejemplares de esta extraña especie. Venía con una cara de satisfacción, con cara de haber cumplido con una de las más grandes metas de su triste y patética existencia; intentó colarse en nuestro parche y llamar nuestra atención haciendo comentarios sobre lo que se discutía; graznaba, refunfuñaba y volvía a graznar buscando la aprobación de alguno de nosotros. Finalmente decidimos darle una oportunidad y dejarlo hablar. Así cometimos el error más grande de aquella tarde/noche: le preguntamos por su estado de felicidad pues nos había intrigado sobremanera su exaltación. Nuestra pregunta fue: “¿Qué te pasó?” a lo que él ni corto ni perezoso, respondió: “Muchachos, acabo de echarme ocho y sin sacarlo” seguido de “¿Quién es tu papi? Estoy que me echo otros más”. Decidí hacerme el de oídos sordos y me mande un buen trago de cerveza para poder pasar semejante estupidez.

Después de sobreponerme a tal desfachatez decidí darle una segunda oportunidad al tipo éste, pues no lo conocía y tenía hasta cara de buena gente. La ‘tomasinha’ prosiguió y al acercarse el final de la noche propuse un viaje hacia la finca de mi familia para seguirla allá; el sujeto en cuestión se incluyó sin siquiera buscar mi aprobación y exaltado tomó su celular e hizo un par de “llamadas” seguidas de una carcajada que se pudo oír en todo Cali. Con ínfulas de patrón comentó: “Muchachos tengo las cuatro hembritas para todos nosotros, lo prestan y todo”. “¡Maldita sea la hora en que te sentaste aquí!” fue mi comentario seguido de “¡maldito imbécil! ¿Es que acaso no te acordás de que hace como una hora dijiste que tu celular se había quedado sin batería? ¡Vos sos un completo pato!”. Decidí tranquilizarme un poco y darle la espalda a este desagradable individuo e irme junto con mis amigos, pero no para la finca sino para la casa de cada uno; este sujeto había logrado tirarse el parche y la noche de cada uno de nosotros.

Al final, creo que en verdad sí sé por qué los detesto. Todo se resume en algo que alguna vez me dijo mi hermano y que es muy cierto: “Es que Kev, un pato es un pato y no hay manera de entenderlos, de definirlos ni de salvarse de ellos”.

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