Hacer la fácil

Hacer la fácil

Llevo trabajando con grupos juveniles desde hace más de diez años, y ya me acostumbré a que la gente sea incumplida…

El incumplimiento, lastimosamente hace parte de nuestra idiosincrasia y principalmente que a veces, como dicen las señoras, “nos puede más el ojo que la barriga” a la hora de asumir compromisos. Somos súper folclóricos, relajados y frescos. Pero en algunos casos esa tranquilidad con la que asumimos la vida se transforma en irresponsabilidad e irrespeto con los otros. Frases como “para qué llego a las ocho si nadie llega puntual”, “te lo mando el martes” y “en cinco minutos llego”, son parte de nuestro paisaje diario. Decirle al otro una frase obvia como “es con carácter devolutivo” cuando prestamos un libro o un cd, son muestra de que las cosas están mal.

Llevo trabajando con grupos juveniles desde hace más de diez años, y ya me acostumbré a que la gente sea incumplida, a que siempre hay una excusa para todo y sé que cada vez hay una innovación que supera al resto en este tema. Y claro, creo que estoy pagando el karma porque cuando presté servicio militar siempre llegaba tarde a pesar de que los castigos eran fuertes. Nunca llegué a tiempo a una clase de 7:00 am y claro, la vida no se queda con nada ya que ahora soy profesor de un curso a esa misma hora. En el batallón mis “lanzas” se inventaban cualquier cosa para salir de permiso: hubo uno que prácticamente mató a toda la familia buscando excusas para salir mintiendo a los velorios, funerales y clínicas de sus allegados. Más raro aún era que siempre se morían los viernes.

El partir del hecho de que nuestro equipo de trabajo es incumplido y que siempre se escuda en cualquier tipo de excusas para justificar su falta de compromiso es muy grave. En logística uno debe suponer que todo funciona como un reloj, pero la suma de pequeños incumplimientos en una cadena de distribución acaba con cualquier planeación y genera mucho tiempo ocioso. Hace tres semanas un grupo de 20 personas quedamos de ir a jugar paintball y yo era el responsable de recoger la plata y por cada uno que faltara eran $20.000 pesos que me tocaría poner, así que tomé todas las medidas preventivas: avisé con una semana de anticipación, confirmé faltando tres días, llamé a cada una de las personas la noche anterior, convoqué una hora antes previendo el incumplimiento y nada, no pude, fue imposible. Me quedaron mal ocho personas, ocho de veinte, el 40%.

Hace mucho rato yo era de los que llega 10 minutos antes de la cita, de los que llegaba con el profesor a clase y recuerdo que me decía con frecuencia como premio a mi puntualidad: “López, ayúdeme a organizar el salón en filas y límpieme el tablero”. Me convertí en amigo de secretarias, vigilantes y aseadoras porque a las citas que tenía “a primera hora” llegaba antes y la frase “joven el doctor/ortodoncista/gerente no se demora” ya me estaba mamando. Y así fue cómo me cansé de que en estas cosas el que llega primero paga las consecuencias de los que llegan tarde y que en este país con sólo cumplir con lo básico, uno está por encima de todos.

Trabajar así es un camello, pero mientras tanto aprovecho para encubrir mis incumplimientos, cada vez que me pasa, con las excusas de siempre y encubrirme en medio de esta plaga de mediocridad en la que vivo, en la que a veces me destaco por cumplir, haciendo la fácil, porque sé que “en tierra de ciegos, el tuerto es rey”.

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