La Paz y la Guerra

La Paz y la Guerra

“Un poco triste, pero más feliz que los demás”.
Rafael Chaparro Madiedo

Yo era joven, igual que mis maestros. Fumaba, escuchaba rockcito, quería sexo a diario,  escribía en las noches y amaba mi ciudad. También la amaba a ella, a Lola Paz, la maldita. Pero uno de esos maestros, que no era mi maestro, que tenía mucha más reputación que yo incluyendo fama, dinero, historia, arrugas y canas, le había minado la cabeza y el corazón con un interrogante estúpido, pero sincero, que diariamente era clavado en mis oídos: ¿qué pueden hacer juntos la Paz y la Guerra? Y yo, Antonio Guerra, no respondía.

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Foto: Johana Lora - El Clavo

Lola vivía metida en sus historias, en sus novelas. Todas las noches, antes de irse a dormir, se devoraba veinte, treinta páginas de esas novelas macondianas que estaba acostumbrado a escribir aquel viejo maestro. Obvio él era el autor. Esas mismas noches intenté persuadirla para que no leyera más, pero mis intentos de acariciarla y demostrarle ganas de sexo se fueron al infierno. Ese ritual de leerlo cada noche, de hablar de él a diestra y siniestra, de vivir siempre en un mundo de florecitas, de colores pasteles y de historias románticas, produjeron en mí unos celos irracionales que consumieron mi carrera como joven escritor.

Lola nunca estuvo de acuerdo con mis cuentos, con la intriga de mis novelas sociales donde la pobreza, la calle y la sangre jugaban a “la lleva” con los personajes. No compartía mi concepción moderna del amor ni el derecho al dolor que cada uno posee. En sus propias palabras, le causaban asco, tristeza. Ese día supe que esa paz y esa guerra sólo podían tener un vínculo, y ese era la supervivencia. La realidad era que amaba a Lola y que un viejo escritor me la estaba quitando.

Completé seis meses sin sexo, sin una caricia en la cama y sin escuchar la palabra te amo nacer de sus labios. La cotidianidad había cambiado. Entonces tomé la decisión de hacerme romántico, macondiano, cursi. Pero resultó ilógico. Yo estaba acostumbrado a un mundo lleno de celeridad, drogas, rumba, a una literatura de urgencia, de combate.

No produje nada. Estuvo peor. Una noche, al encontrarla de nuevo alucinada, entre líneas y líneas, tomé una cajetilla de cigarrillos y salí a la calle. Encendí mi primer cigarrillo y pensé en aquel viejo. Lo conocía por lo que presume en entrevistas y artículos periodísticos. Pero Lola había encontrado la manera de conocerlo más: sus obras literarias. Entonces, en medio de pasos cortos y un calorcito en el ambiente, encendía el segundo cigarrillo y me preguntaba: ¿Celos de un anciano consagrado como escritor? ¿Celos de unas historias que no puedo tejer? ¿Celos de no poseer un talento literario como para cautivar a mi mujer con historias de amor? Debo tener mi mente loca en un ochenta por ciento.
Regresé a casa con el último cigarro pegado a mis labios. Vi los ejemplares del viejo ese, regados por toda la casa y no sentí más que ganas de quemarlos, de arrojarlos a la basura donde deberían estar. Miré mi computador y estaba encendido. Retomé la escritura de lo que había dejado pendiente. Sólo compuse un par de líneas nada más como venía sucediendo meses atrás.

Decidí entonces leer, leer a mis maestros, a Caicedo Estela, a Chaparro Madiedo, a Medina Reyes, a Romero Rey. Pensé en acabar con ella y luego suicidarme, pero aún no cumplía los veinticinco, también quise dejar la escritura a un lado, separarme de Lola, en fin… dormí.
Cuando desperté fui a la habitación llevándome una gran sorpresa. Lola se había marchado dejando una nota:
“Señor Guerra, me marcho a cazar mariposas amarillas a algún pueblo donde no haya señores como usted, porque donde hay guerra no hay paz, y donde hay paz no se necesita de la guerra…”

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