La primera vez que anduve por la calle sin calzones

La primera vez que anduve por la calle sin calzones

Por la calle sin calzones

Las varillas, las tiras, los resortes y demás males de los brassiers hacen que de vez en cuando las mujeres prescindamos gustosamente de ellos para salir a la calle, y con más razón para estar en la casa. Esto no es algo trágico, por el contrario, puede constituir una experiencia liberadora y cómoda, con mayor razón si la gravedad aún no nos preocupa. No sucede lo mismo con los calzones, esa pequeña prenda que al faltar nos da cierta sensación de desnudez aun cuando sí tengamos más ropa encima. Yo he omitido el brassier al vestirme sin mayores inconvenientes, pero sólo una vez debí someterme a andar sin calzones por ahí. No pretendía imitar a Paris Hilton ni a Britney Spears —en ese tiempo ellas no salían en las revistas—, ni siquiera fue iniciativa mía. La historia es como sigue.

A los cinco años uno tiene que aprender a nadar si no lo ha hecho ya, entonces claro, los papás lo meten a clases de natación. En mi caso iba varias veces por semana —no logro recordar cuántas— a la sede de la Cruz Roja, donde tomaba las clases junto con mi hermana Juanita, mi amiga Anita y su hermano Papeto, que por ser mayor que nosotras iba más avanzado y se dedicaba a presumir sobre sus habilidades acuáticas mientras yo pensaba si el agua estaría muy fría. A las clases nos llevaban mi mamá y la abuela de Anita respectivamente.

Lo más normal para nosotras cuando íbamos a piscina era llevar puesto el vestido de baño enterizo bajo la ropa en lugar de calzones —en ese tiempo no necesitábamos brassier—, y claro, ya sé que piensan que dejé mis calzones en la casa, pero no: se le quedaron a Anita. Mi muy ocurrente madre no tuvo ningún inconveniente en prestarle a ella MIS calzones, esgrimiendo los argumentos de que 1. Anita andaba en falda y yo en shorts, por ende no se notaba tanto si yo me iba sin ropa interior, 2. Anita vivía más lejos y tenía que montar en buseta para ir hasta su casa, mientras yo vivía apenas a tres cuadras y nos íbamos a pie, y 3. “Caramba, no seas cansona, pobrecita Ana María sin calzones”.

Por supuesto protesté diciendo que 1. Andar en shorts no hacía menos incómodo no tener calzones, 2. Sólo tres cuadras sin ropa interior pueden llegar a parecer tres kilómetros, 3. Yo era más rolliza que Anita, no le iba a quedar mi ropa, y 4. Que tuviera cinco años no significaba que pudieran hacer lo que les diera la gana con mis calzones sin consultarme. Creo que si yo no hubiera estado demasiado chiquita para ser grosera, habría soltado una palabrota, porque de nada sirvieron mis quejas, y tuve que irme hasta mi casa sin mis preciados ‘cuquitos’. Nada, ser pequeña es lo peor, es el colmo mamá, qué te crees, vayámonos rápido, quiero mi casa ya, no voy a volver a natación… ¡Por fin llegamos! Por supuesto que volví a las clases, siempre me ha gustado nadar y de buena gana me habría convertido en sirena —eliminando de una vez la necesidad de usar ropa interior—.

Yo no sé si Anita se acuerde de que alguna vez usó mis calzones, pero esa gracia no me ha tocado repetirla por fortuna. Bueno, mi madre pensaría que la repito varias veces por semana porque para ella “las tangas no son calzones sino tiritas”, pero eso es otro asunto y en últimas vendría siendo culpa de ella que “me malacostumbró”.

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