La vida de una bartender

La vida de una bartender

Bartender_Lorena Franco_sin efecto

Foto por: Lorena Franco - EL CLAVO

He sido y seré una enamorada de la música, las bebidas y enemiga de la supuesta vida real: la de las apariencias y envidias. Por esta razón estoy en esto. Para mí el día a día se debe vivir sonriendo, bailando y brindando por la vida.

Ese pensamiento me condujo a estar cada noche desde este templo de torres inmensas, con toda clase de licores a mi espalda, y aunque no niego que a veces me siento debilitada puesto que las energías van disminuyendo, entonces toca parar, recargarme y volver al ruedo con todo mi talento.

Hoy es la noche del regreso, mi descanso terminó y me dirijo hacia al bar un poco después de la hora regular, sólo para hacerme notar. Siempre he creído que soy el alma de aquel lugar y a diario, cada cliente, amigo y hasta mi novia me confirman que es así.

Al llegar a mi sitio de trabajo empiezo a organizar todos los implementos cuidadosamente: vasos, coctelera, frutas frescas, etc. Desde mi trinchera (la barra) practico mi rutina de preparaciones, fumo un cigarrillo y de repente… se vino la zaranda. Un total de 14 a 20 pedidos, todos al mismo tiempo. En ese momento Chris Angel no es nadie al lado mío, rápidamente puedo salir de ellos, en menos de un cuarto de hora.
Todo lo tengo memorizado, las medidas exactas, cuáles tragos se pueden mezclar y cuáles no. Los nombres más extraños y seductores llegan a mis oídos, el inmortal, que no es highlander sino un exquisito martini, luego el más angelical de todos un blue-motherfucker. También, se atraviesa uno que otro café y cerveza en cantidades, como para reventarle la barriga a un elefante.

En la madrugada el sobre cupo es total. Todas las mesas agotadas, amigos y desconocidos, todos en un mismo sitio como hermanos y a cada uno hay que saber atender. Es precisamente en este momento cuando me transformo, y salen a relucir miles de roles que se esconden bajo mi piel, todo esto para encantar y vender. Eso sí, sin olvidar la psicología para enfrentar al galán de vereda que se llega a pedir teléfonos y a hablar maricadas que sólo me producen ganas de meterle un botellazo en esa tusta pa’ que afine.

Pero todo esto no son más que gajes del oficio, porque la verdad disfruto mucho del olor a marihuana y las replicas de perfumes, además del ambiente sofisticado: silletería fina, colores vivos, decoración impecable y un dispensador de condones que funciona como un Rolex.

Para redondear y unirse al show de esta pasarela interminable, cada fin de semana lo complementa el flair. Sin palabras… puro arte. Allí toda mi agilidad se une al vuelo y la diversión con botellas y copas, buscando que todos disfruten de un espectáculo hermoso y muy alegre, el resto depende de la labor militar que ejerzan las miradas de toda esa multitud, para que sus noches tengan un buen desenlace.

¿Qué puedo agregar? Pues que lo mejor de este oficio es que sólo necesitas amar la noche y el trasnocho, además de estar dispuesta a todo. Sencillamente, este trabajo me ha cautivado y no sólo a mí, también a millones de personas, en especial a las mujeres. Nosotras hemos ido marcando territorio sabiendo manejar todo tipo de situaciones, en una zona que alguna vez fue exclusiva para hombres recios.

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