Laparoscopia de un viernes al azar

Laparoscopia de un viernes al azar

Empiezo por decir que me siento absolutamente identificado con Robert Smith cuando dice que los viernes son para estar enamorados. Personalmente pienso que los otros seis días son particulares en su determinación. Por ejemplo, el domingo sangra luz que se escurre despaciosamente por entre las ventanas y los huecos de la persiana.

Este día transcurre solitario en un devenir de sucesos, por lo general, acompañados de modorra o guayabo. Sin embargo no quiero hablar de los depresivos domingos, ni de los terribles y apabullantes lunes, no; quiero hablar de los viernes. El viernes puedes saborear en el aire, cual serpiente, la necesidad absurda de enamorarte o de estar enamorado, pero no quiero que me mal interprete querido lector, por el contrario, quiero que explore conmigo la sensación visceral posible de un viernes al azar.

Cuando hablo de enamorarse o de estar enamorado, no me refiero a la hembrita o al mansito; no me refiero a los espositos que se pasean por el parque cogidos de la mano y que juntos llevan al Frenss Pudol al éxtasis público y escatológico. Me refiero a estar enamorado de la vida, del día que te abraza con cualquier temperatura y causa unas cosquillas en el estómago, que lejos de ser mariposas, podrían ser conejos blancos con parches cafés brincando en la panza.

Llegó el día esperado, desde la mañana el reloj pasa lento y cada hoja de cada árbol que ves por la ventana, cae recordándote que el tiempo es lineal y se acerca la hora en la que todo cambia; esto es una simple etapa de encantamiento.

El paso siguiente es marcado por el nivel de luz que cobija el territorio y se estalla contra la retina.  Una vez los postes de luz en las calles se encienden, puedes sentir cómo te pican las manos, te brillan los ojos y en un segundo ocurre, llega la noche, la brisa, la sensación de que el mundo es tuyo. Enciendes un cigarro que te sabe a gloria después de no haber fumado en ocho horas. Pides una cerveza fría, te la tomas como si fuera agua pura, con tal placer que tus ojos se cierran mientras te concentras en la sensación de la birra bajando por tu garganta. Y te gusta.

Posteriormente viene el frenesí, ya no sólo los postes se encienden, se encienden las luces, se encienden las almas, se siente en el ambiente el placer genuino de ser libre, o de tener al menos la sensación de serlo. Las caras se llenan de sonrisas y todo alrededor se torna diferente, mas sórdido, mas tuyo, mas carnal. Las bocas se vuelcan sedientas y las miradas se pierden, los alaridos de risas se pierden entre la música y las palabras incomprensibles. Lo que sigue es una serie de sucesos en algunos casos afortunados, que desencadenan en un evidente auto editorial crítico, que por lo general se da en el almuerzo del sábado. Por lo demás, reserva del sumario.

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