Mi primer contacto con el mundo de las prostitutas

Mi primer contacto con el mundo de las prostitutas

Todo comenzó realmente cuando cursaba octavo de bachillerato. Ahí fue cuando por primera vez escuché sobre algo que con el tiempo se convertiría en una tentación incesante: los puteaderos.

Eso sí, para ese entonces las prostitutas no eran totalmente ajenas a mi existencia. Mi primer contacto con ellas, fue cuando una amiguita de la infancia me reveló el significado de la palabra ‘hijueputa’: “hijo de perra”. Aunque yo no le haya prestado mucha atención al asunto, éste siguió latente hasta que varios amigos de mi curso empezaron a murmurar sobre el tema y de las posibilidades que nos ofrecía. Me di cuenta de que las pajas ya no los satisfacían y que el porno se había vuelto un acompañante inútil; necesitaban acción real: las puertas de la lujuria y del infierno estaban abiertas.

Pese a la tensión sexual en que estábamos, nunca creí que efectuarían el acto y con tanto agrado. “Te acordás de las tetas de esa… primero me la comí en cuatro y luego la voltié y le di por delante… ¡Uff, la que te comiste vos estaba rebuena, marica…! ¿Cuándo vamos, que es una chimba?”, decían recordando sus tardes después del colegio y tratando de convencerme para por fin ser desflorado. Yo les decía que prefería esperar, que me parecía bajo ver en una mujer un objeto de sexo y otras cosas que apaciguaban una cálida y creciente tentación.

Los puteaderos estaban en furor, no importaba si la policía se aparecía de improvisto por los antros. Historias de putas proliferaban en todos los salones de mi grado. Los que no habían ido trataban de convencerse cada día de su decencia; otros ni pensaban en ello, pero la bandeja estaba servida, sólo se necesitaban veinte mil pesos para comerla y gozar de las delicias femeninas más candentes.

Una vez un amigo estaba preocupadísimo porque según él, el condón se le había roto, a pesar de haber sido uno que llevó por su cuenta y no esas baratijas de condones que regalan en los recintos. Yo le dije que de pronto se equivocaba, pero que lo mejor era que se hiciera la prueba. No sé si se la haya hecho, pero si fuera mujer no me metería con él (de todas formas está en USA, no se preocupen caleñas).

Nunca pasó lo que alguna vez un profesor nos contó que pasaba con las generaciones anteriores y es que los alumnos llegaban al colegio contagiados de algunas famosas enfermedades venéreas como la gonorrea. Decía que el olor emanado de los contagiados era insoportable y que el escozor que les causaba se notaba a leguas, ya que mantenían rascándose casi con ira. Lo único que hizo la gonorrea entre nosotros fue ayudarnos a nombrar así a quienes jodían demasiado y no fue tanto una molestia sino un bien.

Hay quienes saben si cedí o no a la tentación, lo único que diré al respecto es que no soy muy partidario de pagar por sexo. Sin embargo, sí lo he hecho con una persona muy querida, tal vez la que más he querido en toda mi vida y fue algo extraordinario y memorable; un momento sin tiempo.

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