Mucha Mierda

Mucha Mierda

Durante el primer semestre de 2005 en el Teatro Libre de Bogotá, esperábamos una primiparada de la que ya nos habían prevenido. Había transcurrido bastante tiempo desde que ingresamos a estudiar y como no llegaba la dichosa broma, todos nos fresqueamos.

ilustración: Juan Pablo Solarte - EL CLAVO

Un día, en clase de voz, después de “sacarnos la leche”, la profesora, su monitor y un estudiante del último semestre, nos hicieron acostar y relajarnos. “Cierren los ojos y empiecen a reconocerse entre ustedes. Utilicen los otros sentidos. Laman a sus compañeros, huélanlos, tóquenlos y siéntalos”. Mientra disfrutábamos del ejercicio, que parecía interesante, llegó una orden inesperada: “¡ahora, júntense todos!” Inmediatamente comenzaron a atarnos con una soga, con la excusa de aprender a trabajar en grupo y por eso no nos preocupamos. Nos pusieron a cantar una canción y a escuchar a los demás para no perder el ritmo. Bajamos escaleras, subimos, salimos al patio de la casa, luego nos sacaron a la calle, todos seguíamos cantando y cada vez más duro: “¡Campana la luisa se rompió, yo mandé a mi ganga a componer!”…

Mientra bajábamos por El Chorro de Quevedo, se escuchaban las risas de la gente de la Candelaria, pero como en el teatro hay que tener personalidad y no hay que dejarse intimidar por el público, seguí cantando felizmente. Luego, nos condujeron de vuelta hasta el frente del teatro, realmente no sabía en dónde estaba, escuché una voz que dijo: “ahora todos griten ¡Qué viva Shakespeare!” Y todos lo hicimos… Cuando ¡pum!, sentimos un baldado de agua podrida que nos cayó hasta en la boca. Abrimos los ojos y ahí estaban los de segundo año, arrojándonos huevos y baldados de agua con desperdicios. Todos vomitamos del asco. Era repugnante, los habitantes de ese barrio se morían de la risa, pues ya venían acostumbrados al espectáculo desde hacía muchos años. Finalmente, entré al teatro para ir al camerino a bañarme con los de mi grupo y el hedor de las duchas era espantoso. Las mujeres y los hombres corríamos desnudos de un lado al otro porque no había jabón y nos tocaba echarnos el del dispensador del lavamanos.

El resto del día nos lo dieron libre para que fuéramos a nuestras casas a asearnos bien. Recuerdo que salí de la escuela con unos amigos del curso agresor, ellos se me reían y yo no podía hacer nada, era la tradición. Mientras caminábamos hacia la calle 19 a coger el bus me mostraban los rastros de la mierda que habían recogido por ahí, ¡había roja, café, morada, de perro, caballo, vaca, loco y hasta de algunos de los estudiantes de otros años! Toda la escuela estaba confabulada, pero ya no podía hacer nada. Sólo quedaba el desquite del siguiente año.

 Cuando entré a segundo año, Camacho, el director de la escuela en ese entonces, prohibió las primiparadas en el teatro debido al olor que quedó al día siguiente. Sin embargo, no nos quisimos quedar con esa, hasta yo deposité algo de mi estómago para la venganza y… la devolvimos. Era justicia. No se podía romper la tradición.

BOCADILLO
Cuando todos gritamos ¡Qué viva Shakespeare! Nos tiraron un baldado de agua podrida, con huevos y desperdicios en la boca.

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