No culpable

Desde el banquillo de los acusados ahora sólo podía escuchar; el turno para defenderme ya había pasado.

Entonces el Juez dijo: “La conspiración se castiga por el mero hecho de realizar un pacto con voluntad decidida de cometer el delito…“. De sólo escuchar esas palabras, me sentí culpable, y yo me creía inocente; lo era, digo, pero nadie más lo creía así. Un grupo de aburridos y amargadas me denunciaron y aquí estoy, mirando con resignación cómo su envidia condena mi triunfo.

Es que se lo merecía. Me aguanté mucho tiempo su joda. Que sí, que no, que después, que ya es muy tarde… Y sus burlas: cómo detestaba su risa cuando me la montaba una y otra vez.

Un domingo pedí paciencia, en voz alta, a Dios y una viejita en la capilla murmuró respondiéndome: “Ya falta poco “. ¿Poco? ¿Poco para qué? Está loca, pensé, y ella, defendiéndose de mi silenciosa acusación, me dijo “Loca, pero no asesina. Yo no maté a Dios. Otros lo hicieron. Yo rezo por él“.

¡Pero claro! Ésa era la solución. Si Dios había muerto, el amor se había quedado solo. Este fulano ya no tendría quién le ayudara a ganar las partidas en las que se jugaba mi suerte. Era mi única oportunidad, antes de que se buscara otro aliado para vencerme, uno que se hubiera rendido ante el lado oscuro del corazón.

Si el amor estaba indefenso, yo podría ganarle el siguiente juego.

El lunes, temprano, nos sentamos a la mesa y comenzó la partida. Él no sabía lo que la anciana me había contado el día anterior. “¿Con qué juegas? “, me preguntó. De un día para otro, mis opciones se reducían a una sola: una compañera bajita, pecosa, de nariz pequeña, cuerpo rollizo, cabello desarreglado y caminar lento. Las otras mujeres por quienes había yo apostado idílicamente, unos clásicos de la belleza femenina, habían sido perdidas en las apuestas anteriores. Se limitaba a decirme: “Perdiste de nuevo…“, y se reía secamente… mal parido.

Esta vez siete era mi número. Gané. Insistió en que se repitiera, y volví a ganar. Quise reclamar mi premio, una relación afectiva llena de sensatez por el presente y ambición para el futuro, pero el amor no quiso entregármela. Yo exigí mi premio luego del tercer lanzamiento y, desesperado, el amor me dijo que si sacaba por cuarta vez siete, me encimaría felicidad eterna. Los puntos negros en el fondo blanco de las caras superiores de cada cubo eran cinco y dos. Había ganado como debió haber sido así en anteriores oportunidades. Lástima por tanta belleza que me había negado en otras mujeres.

Ahí fue cuando le dio un preinfarto. Lo llevaron a la clínica, pero el enfermero que lo atendió en la ambulancia le cobró el rencor de un viejo despecho. Y como yo fui quien “le causé” tan fuerte emoción, me culpan de homicidio. Creen que con la viejita, conspiramos juntos para asesinarlo premeditadamente.

Cuando salga de este lío iremos los tres a visitar su tumba al cementerio. De alguna manera, gracias a él y a Dios, todos somos felices sin saber por qué.

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