Si yo creyera en agüeros

Si yo creyera en agüeros

Si yo creyera en agüeros, éste habría sido mi martes

“Martes 13, ni te cases ni te embarques”, es lo que siempre dicen. Esta vez no era 13, pero era martes; martes, que viene de “Marte” (Mārs en latín), dios Romano de la guerra. Martes, día después de que  el Rover Curiosity de la NASA aterriza en el planeta Marte. ¿Coincidencia? Imposible, pensé.

Y entonces, desde temprano, me propuse evadir a toda costa cualquier tipo de circunstancia o suceso que me hiciera desencadenar un día de mala suerte. Me levanté cerciorándome de que mi pie derecho fuera el primero en pisar el suelo, cerré las ventanas para que no entrara alguna mariposa negra, y salí a la calle sin verme al espejo, como para evitar quebrarlo.

Luego, mientras caminaba hacia el gimnasio, me encontré al guajiro que siempre se hace en el parque central a bendecir billetes. La última vez que pasé por allí, decía que cuando se bendice un billete, se le hace un doblez especial y se guarda en el lado izquierdo del pantalón, uno queda protegido de la brujería. Esta vez, accedí sin pensarlo dos veces.

En la casa de mi abuela, conseguí un llavero de pata de conejo, y un dije de herradura para mi pulsera; que según los griegos de la antigüedad, además de la relación que su forma tiene con la luna creciente, atrae la buena suerte y contrarresta la mala, entonces, los augurios negativos de ese día, se reducían.

Pasó el tiempo, y a la hora del almuerzo pedí que me quitaran los saleros. Mientras comía llegó la 1 pm; en el horario militar las 13:00; trece horas, del día martes que no era trece. Y entonces, recordé todo lo que ese número implica: Dicen en la mitología nórdica, que Loki, el dios timador y malvado, ocupaba el lugar N° 13 en el panteón. 13, utilizado también por los mayas para designar el número de fases lunares y 13 fueron los asistentes a la última cena.

En la tarde, cuando regresaba de una obra de teatro, saqué mi collar de colores chamánicos y me lo colgué. Caminando hacia mi casa, evité pasar por parques o lugares donde pudiese haber algún gato; pues no podía permitir que mi martes tuviera un desenlace como el de los protagonistas de “el gato negro” de Poe. Cuando entré a la casa, me aseguré de que la sombrilla estuviera bien cerrada, para que no llegara a abrirse por algún motivo y sentí que tenía librada la batalla contra el martes de mala suerte.

Como no tuve clase, estuve el resto del día en el computador, revisé el correo, leí noticias, escuché música, y de repente, se presentaron una serie de acontecimientos que hacían efectivo lo del martes de mala suerte: hubo un apagón eléctrico, regué el agua que estaba tomando, se me dañó la batería del portátil, se perdieron todas las fotos que tomé en las vacaciones, los libros virtuales que tenía, mis escritos; y entonces, con cierta aceptación de lo sucedido miré la hora; 2:30 del otro día.

Comprendí con exactitud lo que pasaba: como fue un martes 7 de agosto, el número de la buena suerte hizo que los males del martes se pasaran al miércoles; de ahí que todo ocurriese al comenzar el día. Entonces, respiré profundo, me colgué de nuevo el collar chamánico, tapé los espejos, aseguré las ventanas y me dispuse nuevamente a prevenir los males del día que apenas comenzaba.

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