La sucia violencia del campo

La sucia violencia del campo

Ilustración: Raúl Orozco http://www.flickr.com/photos/raouldraws

La historia de muchos campesinos en medio de la guerra

Un campesino de tez morena fue confundido con el ‘Negro maldito’, guerrillero perseguido en la región durante muchos años. Los hombres armados lo colgaron de un árbol, atado por los pies, exigiéndole su identidad.

Yo no soy a quien buscan”, repetía gritando con desespero. Esposa e hija, abrazadas en fusión ferviente, estaban conminadas al silencio por dos fusiles ávidos de sangre inocente, ambas presenciando una escena que sólo habían idealizado por cuentos escuchados en boca de hombres viejos a lomo de burro y tabacos pestilentes que nunca se apagan.

En ese momento ya el pantalón del campesino presentaba una mancha de orines y mierda líquida, como los mismos orines, que corrían hacia su pecho y espalda. El cañón del arma seleccionada para él, presionada con fuerza, le había ocasionado dos siluetas circulares bien demarcadas en su sien derecha. No habría una tercera tan sutil. “Si tú no eres el ‘Negro maldito’, de todos modos vamos a divertirnos contigo”, dijo el jefe de la cuadrilla paramilitar.

Treinta hombres, vistiendo uniformes camuflados, acababan de tomarse la población. Disparos lejanos, en ráfagas sordas, generaron la misma incontinencia en la mujer de cabellos lucios y piel amarillenta, pobre como su marido y no menos que sus ancestros y el único mundo que conocían.

El líder del grupo cortó con un cuchillo la cuerda que sostenía al hombre boca abajo. El cuerpo cayó aparatoso a la arena. El impacto fue seco, acompañado de golpes de culatas en la cabeza y patadas certeras en el tórax: más sangre, más gritos. Mujer e hija sólo atinaban a sollozar una seguidilla de padrenuestros y avemarías entre susurros como conjuro contra males irremediables.

El ‘Negro maldito’ huyó antes de que ustedes llegaran”, balbuceó el campesino mientras el jefe del grupo volvía a ponerle, con mayor presión, su arma contra la cabeza. La mujer cerró los ojos, la niña vería el desenlace fatal de su padre.

Un disparo más, surcó el ambiente convulsionado del pueblo. La campesina continuaba con los ojos cerrados, entregada a rezos extraños, y nunca más los abriría después del segundo tiro. Los hombres armados fueron clementes con la niña, pero antes de abandonar la finca, el más joven de los paramilitares, escogido al azar de los dados, la despojaría de su virginidad en un pajonal instigado por sus compañeros de diversión. Los senitos de la menor parecían mamoncillos sobre dos platos llanos.

Muere por negro” fue lo que dijo el mandamás al dispararle a mi papá. Y el ‘Negro maldito’ nunca fue encontrado, refiere la mujercita tiempo más tarde, cargando al niño de cuatro años, famélico como ella, mientras la radio de baterías anuncia el recrudecimiento de la actividad paramilitar en la zona.  La joven lanza dos hijueputazos y un salivón oscuro a la tierra negra.

Hijito, es hora de irnos. Recoge el caballito de palo”, dice la mujercita que heredó los mismos cabellos amarillentos de su madre y la misma pobreza de todos sus antepasados.

¿Cómo te parece? Otra vez vienen aquellos que hacen el trabajo sucio que los del Gobierno no pueden hacer de frente”, dice la joven, morena también, aferrada a una estampita raída de San Pedro Claver, mientras piensa y casi deja escapar ante su hijo la identidad del padre de él, otro ‘paraco’ de los muchos que han ensuciado con sangre la tierra fértil para cultivos de la violencia fratricida.

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